14 diciembre, 2010

El regalo


ÉRASE una vez un regalo sobre un sillón que, entre el papeleo plateado y multicolor, no destacaba nada. Estaba muy sucio y arrugado. Tenía la forma de un balón, y su envoltorio estaba sujeto por unas finas cadenitas doradas. Parecía haber pasado por muchas dificultades. Tal vez, a saber, algún paje lo había dejado por descuido, o se había caído, como un moñigo, de alguno de los camellos de la interminable caravana que acompañaba a los Reyes Magos de Oriente. Arrinconado tras las cajas y los papeles que los niños rompían para descubrir sus juguetes, el regalo estuvo a punto de pasar desapercibido.
Bruno tiró de la manga de su madre, y señalando al extraño regalo, exclamó:
―¡Mamá! ¡Mamá!, ¿qué es eso?...
La madre lo miró con asombro. Apenas se atrevía a acercarse. No lo esperaba, pues nadie lo había pedido en la Carta a los Reyes Magos.
―¿Para quién será? ―preguntó Marianela.
―Corre, ve a buscar la lupa ―le pidió su madre―, aquí hay algo escrito. Y cuando aproximaron la lupa al intruso observaron que estaba envuelto en una fina y rugosa piel.
―Se parece a la piel del cuello de las tortugas ―exclamó Bruno.
La diminuta nota, escrita con una letra muy hermosa, decía: Para el distraído, el despertador del tiempo dormido.
―¡Es para ti, Bruno,
el más tonto, el más aburrido! ―dijo burlona su hermana.
La madre y los niños no entendieron el sentido de esas palabras. No pensaban tampoco que fuera Bruno el distraído elegido, ni que el tiempo estuviera dormido y hubiese que despertarlo.
La madre desató el nudo de las cadenitas doradas y, poco a poco, fue desdoblando las capas de piel que formaban el envoltorio. Por fin apareció ¡una bola transparente! en la que palpitaba, al compás de un ritmo desafinado, un mundo diminuto con montañas, bosques, desiertos, ríos y mares de colores negros, grises, púrpuras..., aparentemente diferentes a los del planeta Tierra. Marianela quiso hacerse un hueco para observarlo mejor, y al empujar a su hermano tiró la bola, que rodó hasta caer en la alfombra. La bola, por suerte, no se rompió, pero el mundo diminuto que flotaba en su interior se cubrió de nubes oscuras, ensombreciendo las montañas y los valles bajo ellas.
―No ves, has molestado al mundo ―dijo Bruno.
La madre recogió cuidadosamente la esfera y la depositó sobre el envoltorio de piel en el que había venido.
―Cuidémoslo ―dijo―, es un regalo mágico de los Reyes Magos de Oriente, no debemos tener miedo. Seguramente alguien lo ha extraviado y enviarán a un mensajero en su busca. Y si es para nosotros, debemos tratarlo con delicadeza.
Con el sonido de las palabras amables de la mujer, las diminutas nubes negras comenzaron a disiparse y un fino rocío convirtió en un verde tornasol las montañas y los valles.
Por las noches, antes de dormir, Bruno pedía a los Reyes Magos que no enviaran a ningún mensajero para reclamar el regalo, era el mejor juguete que jamás había tenido. Todas las mañanas se asomaba a la bola transparente para observar cómo el mundo diminuto iba cambiando de aspecto. Al principio, la familia no había caído en la cuenta de que las transformaciones se debían a la música, a la amabilidad, a los ruidos, a la tristeza, a las riñas, a la soledad... Pasaba de tener colores tristes a otros más vivos, o viceversa, o de ronquidos arrítmicos a suaves melodías de mar.
Los Reyes Magos habían dejado un obsequio misterioso que estaba influyendo en todos los miembros de la pequeña familia. Hasta aquel día Bruno llegaba a su casa y siempre estaba solo, nadie jugaba con él. Su madre trabajaba de la mañana a la noche, y su hermana se encerraba en su habitación y se dedicaba a sus cosas. Así que Bruno pasaba las horas haciendo girar sus deditos, o mirando por la ventana; pensaba que su vida debía ser así, sólo esperar a su madre y dejar pasar el tiempo.
Pero su madre y su hermana tampoco podían evitar la curiosidad de mirar, diariamente, las formas que iba tomando el mundo diminuto. Una tarde en la que Marianela iba de un lado para otro del salón, sin ánimos de recoger su ropa tirada, ni de barrer el suelo, ni de abrir los libros para estudiar, observó que el mundo estaba en penumbra, no distinguía siquiera las cumbres de sus montañas, ni la placidez de sus mares. Entonces decidió, con cierto amago de ilusión, limpiar la casa y prepararle la merienda a su hermano. Al terminar miró de refilón al mundo de cristal: estaba radiante, el azul de sus mares y lagos brillaba, sus montañas estaban coronadas de nieve, y una bandada de animalillos volaba emitiendo deliciosos sonidos. Oyó los pasos de Bruno que regresaba del colegio y corrió a encerrarse en su cuarto. No es que lo odiara, tampoco le era antipático; al contrario: era demasiado tranquilo, soso, aburrido. Aunque a veces, si le daba pie, no paraba de hablar ni de preguntar. Y eso la ponía muy nerviosa, porque podía adivinar sus secretos. En parte ella tenía la culpa, porque después de nacer él su padre tuvo que irse a ganar más dinero y a trabajar en aquella guerra de la que no volvió.
Bruno entró en la casa y, directamente, fue a donde estaba la esfera. La encontró muy oscura, en sus peores momentos, invadida por una espesa masa de nubes que no dejaban pasar ni un resquicio de luz a su interior. Un rayo cruzó la atmósfera de la esfera alumbrando el salón de la casa. Seguidamente sonó el trueno, cuyo estruendo hizo vibrar los cristales de las ventanas. Marianela corrió desde su habitación a ver qué estaba pasando, y quedó estupefacta.
―No le he hecho nada, lo juro ―dijo Bruno sollozando.
Marianela abrazó a su hermano. Juntos observaron cómo un violento temporal parecía destruir el diminuto mundo. Llegaron a temer que el cristal de la esfera estallara y la tempestad se extendiera sobre ellos. Marianela comenzó entonces a canturrear una melodía infantil, desconocida para Bruno, y los estruendos comenzaron a amainar, y a medida que brotaban las palabras que hablaban de su padre, la luz volvió a surgir en el mundo diminuto, floreciendo en colores azules, verdes, amarillos. Bruno preguntaba y Marianela contaba lo que su corazón había ocultado tanto tiempo.
Y llegó otra vez el invierno. El mundo diminuto se vistió de blanco, la nieve caía blandamente haciendo sonar una musiquilla que invitaba a sonreír, a pedir perdón, a dar, a regalar palabras escondidas. Y llegó el día de los Reyes Magos de Oriente, los regalos regados sobre el sillón. Pero la esfera ya no estaba; en su lugar había un papel arrugado. Fueron en busca de la lupa, y alcanzaron a leer un mensaje, escrito con una letra hermosa y diminuta, que decía: Feliz Navidad, medio borrado por las lágrimas que sólo saben derramar los niños.

Texto: Dácil Martín
Narración: La Voz silenciosa