14 diciembre, 2010

"El sueño del celta", de Mario Vargas Llosa


El novelista peruano llevaba tantos años como firme candidato al Nobel de Literatura que, además de las inevitables cuestiones que podían impedirle que se le concediera de una vez-no hay que olvidar que el premio ha de recaer en un autor vivo- existía el riesgo de que se convirtiera en uno de esos favoritos profesionales que nunca llegan a ganarlo: Jorge Luis Borges es el caso más obvio, pero existen autores que todavía pueden recibirlo y que se encuentran en un caso parecido al de Vargas Llosa: Philip Roth es para mí el otro autor que cuesta creer que no haya sido reconocido por la Academia, cuando en los últimos diez años hemos visto escritores( y escritoras, que todo hay que decirlo), claramente por debajo de estos dos novelistas, aún aceptando el componente subjetivo de un premio como éste y la imposibilidad de comparar géneros, estilos y trayectorias.
Poco se puede discutir, por lo tanto, a la decisión de los académicos suecos: “Conversación en la Catedral”, “La ciudad y los Perros”, “La Casa Verde” o “La Fiesta del Chivo” son novelas grandes que deben figurar entre las mejores obras escritas en español durante el último siglo. Y la casualidad(o no tanta casualidad) ha querido que coincidiera el anuncio del premio con la publicación del último libro del peruano; “El sueño del celta” es su primera obra en varios años y es una novela magnífica, por debajo de las antes mencionadas sin duda, con un final premioso y un último tercio que rebaja notablemente la tensión narrativa, pero aún así un libro- insisto- estupendo, que cuenta la vida de Roger Casement, un irlandés que a finales del siglo XIX participó en las primeras expediciones a África para organizar la colonización del Congo Belga y lo que terminaría por convertirse en una de las mayores masacres de la historia, con alrededor de dos millones de muertos. El horror que allí se vivió, siguiendo los designios de Leopoldo de Bélgica, que procedió a la explotación sistemática de las riquezas naturales del país, especialmente el caucho que tanto necesitaba la naciente industria del automóvil, fue denunciado por Casement, que en un principio había participado en la colonización y creído en los posibles efectos civilizadores de la ocupación europea, en una serie de informes que llegaron tarde para impedir la catástrofe pero al menos ayudaron( tengo mis dudas de que esto sea gran consuelo) a concienciar a la opinión pública de lo que estaba ocurriendo.
Este papel de conciencia moral que denuncia desde dentro los horrores del colonialismo tiene un paralelismo evidente con el caso del padre Las Casas (independientemente de algunas exageraciones de éste), y se vio reforzado unos años más tarde, cuando Casement recibió el encargo de visitar la Amazonía y redactar un nuevo informe que volvió a dar testimonio de lo que allí estaba ocurriendo con una compañía peruana de titularidad inglesa. La novela cuenta la vida de este personaje extraordinario, que al final de su vida llegó a enfrentarse a la Inglaterra que había servido y admirado y tomó conciencia de la situación de su Irlanda natal, a cuya independencia intentó ayudar con mejor voluntad que acierto, participando en las revueltas de 1916 que fueron sofocadas por los ingleses y acabaron con su posterior encarcelamiento y ejecución. La personalidad de Casement, el relato de una vida intensa en la que no faltan las contradicciones y los puntos negros, ocupa la acción de una novela que se inicia en 1903 y termina en 1916, en la que se superponen constantemente dos planos narrativos: el del protagonista en prisión y el relato de las aventuras que vivió, las circunstancias en las que fue redactando sus dos informes y su compleja y apasionante evolución ideológica y moral.