14 diciembre, 2010

El mejor Papá Noel




Joaquín es mi mejor amigo. Él nunca lo ha dicho, pero mis padres me aseguran que la vida no lo ha tratado nada bien. Es verdad que siempre anda mal vestido, con la misma ropa, vieja y pasada de moda, con frecuencia parece cansado, como si tuviera sueño y bosteza mucho, sobre todo por las mañanas, las veces que va al cole. Tiene mal carácter, dicen que es porque a penas desayuna, eso le pone de mal humor y se le cruzan los cables. No me gusta verlo así, pensativo y tristón. Aunque ya está acostumbrado, sé que le afectó mucho la enfermedad de su padre, que lo tiene postrado en la cama desde hace varios años. Su pobre madre trabaja ocasionalmente limpiando casa o trabajando en algún bar, planchado ropa o en lo que encuentre, por eso Joaquín tiene que atender a su padre y a su hermana pequeña y no tiene tiempo de jugar como los demás niños.

Hoy me he llevado una gran sorpresa, casi no lo reconozco, Miguel parecía otro, parecía como si flotara. Iba vestido con una chamarra guapísima, con los vaqueros de moda y unas zapatillas espectaculares, pero lo más que impresionaba era ver su cara, parecía inmensamente feliz, sus ojos resultaban más grandes que de costumbre, y nunca lo había visto sonreír con tantas ganas. Estuvimos hablando de la noche anterior y me contó como
Papá Noel le trajo todas esas cosas, además de un enorme televisor de pantalla plana para sus padres, que se pusieron muy contentos, pero, sobre todo, porque vino su tío Vicente, el hermano de su padre, que hacía cinco años no venía, decía que estaba en otro país donde las cosas le habían ido muy bien.

Nos reímos mucho hablando de la noche de Navidad y de todo lo que ocurrió en casa de mi abuela, donde se reunieron todos sus hijos y nietos:
“…De repente la luz se apagó y los mayores comenzaron a gritar, “!Ahí viene, ahí viene!”. El cuerpo se me heló, como si hubiese respirado todo el aire frío de la noche. Mis primos, mis hermanos y yo, temblábamos de miedo y emoción, corríamos a escondernos entre los más adultos. En medio del silencio que se iba apoderando del gran salón de la entrada de la casa, se escuchaba el tiritar de mis dientes, igual que me ocurre cuando salgo del agua del mar en verano. Los ojos se nos abría hasta doler cuando oímos los primeros “¡jo, jo, joo!” Sólo las luces del árbol de Navidad, que destellaban intermitentemente, cada vez con más rapidez, como si se tratase de nuestros propios latidos, rompía la oscuridad haciendo visibles nuestros rostros borrosos y las blancas paredes. Entre todos se distinguía a nuestra inmensa tía Adriana, que era una mujer rebosante de salud y de todo, pero no era su cuerpo lo que más destacaba, sino sus grandes pendientes y su brazalete de brillantes que parecía tener vida propia en medio de la oscuridad. Papá Noel tardó en subir, se oyeron extraños ruidos, todos estábamos nerviosos, e inclusos los adultos se sobresaltaron y tras mirarse unos a otros empezaron a cuchichear entre ellos, incluso alguien, no recuerdo bien, se apresuró a abrir la puerta, “voy a ver que está ocurriendo”, “¡espera, ya se oye la campanilla!”. Al momento Papá Noel, empezó a dar voces que subían por las escaleras y una tenue luz trepó por la ventana que quedaba sobre la puerta hasta hacerse cada vez más fuerte. “¡Silencio, que viene!”, gritaron, y la puerta se abrió despacio, chirriando, como si pesara más que otros días. Tras ella surgió una silueta que se adivinaba, y como si fuera una ligera brisa que arrastra las hojas secas, una ola de susurros recorrió el salón. Papá Noel se quedó quieto, paralizado durante unos segundos, como si fuera realmente una estatua, mirándonos fijamente, mientras los niños nos hundíamos entre los demás para escondernos. “¡Jo,jo,joo!” , se volvió a oír, haciéndonos callar, antes que alguien le dijera “Aquí, aquí, Papá Noel…”, señalando un gran sillón reservado para él, junto al árbol de navidad. Con voz muy ronca fue llamándonos a cada uno, a medida que sacaba cada regalo y leía nuestros nombres, luego, nos sentábamos en sus rodillas, niños y adultos, y tras darnos un beso nos entregaba el regalo. Con nuestra tía Adriana, la cosa se complicó y ambos estuvieron a punto de perder el equilibrio y deforestar la Navidad, pero Papá Noel, estuvo muy ágil, a pesar de su edad, y la sujetó a tiempo, a la vez que tía Adriana casi nos deja sordos con sus chillidos, quedando todo en un susto.

Cuando me tocó a mí, me acerqué hasta él temblando, como si flotara, como si fuera un sueño, ya sé que no era la primera vez que estaba a su lado, pero no lo podía evitar. Esta vez noté sus manos ásperas, cuando me acarició la cara, y desprendía un fuerte olor a alcohol cuando me dio un beso, era lógico, seguro que en el Polo Norte es la única forma de soportar el intenso frío. Tenía que tener mucho trabajo esa noche, porque parecía algo apresurado, ya que, cuando terminó, se levantó sin más y se marchó. En seguida los mayores se acercaron y empezaron a murmurar entre ellos, parecía preocupados, pero nosotros, los niños no parábamos de saltar y gritar, abriendo los regalos y enseñándonoslos unos a otros.

Mi tío el mayor mandó que nos calláramos dando un grito, fue entonces cuando oímos unos ruidos que salían de la escalera. Todos salimos corriendo y al llegar abajo contemplamos, sorprendidos, a mi tío Agustín maniatado y en ropa interior, llamando la atención unos calzoncillos con corazones rojos que llevaba. Estaba muy rojo y a duras penas podía gritar , porque se lo impedía la cinta aislante, que parcialmente le tapaba la boca, impidiéndole respirar bien. No entendía nada de lo que allí pasaba y resultaba extraño que Papá Noel no lo hubiese visto al bajar por las escaleras que daban al patio. Por si fuera poco, al momento, la tía Adriana, que es una histérica, además de ser una pija pedante que se las da de rica, comenzó a gritar porque se le había perdido el brazalete de brillantes”.

Miguel se partía, retorciéndose sobre el banco del parque al imaginarse a mi tía Adriana, que le caí muy mal, porque decía que siempre se metía con él simplemente por ser pobre. A mí me encantaba verlo así, por fin parecía feliz. Pero, inesperádamente, Miguel, me dejó con la palabra en la boca y salió corriendo hasta que se paró al lado de un hombre alto, moreno y bastante delgado, y, cogiéndolo por la mano, lo trajo hasta donde yo estaba sin dejar de sonreír.

-Jose, éste es mi tío Vicente, aunque lo llamamos “el pingüino” –me dijo Miguel.
-Hola, Jose, Miguel me ha hablado mucho de ti – me dijo dándome su mano áspera y oliendo a alcohol. Me pareció muy simpático y me resultaba muy familiar, nos estuvo contando muchas cosas del país donde vivía, Carabanchelandia. Sin duda, es un hombre entrañable y pocos como él parecen vivir tan a tope la Navidad.