25 diciembre, 2010

En la cueva de hielo

Capítulo 1

Desde la ventana de su despacho, Mireia Merino, recién llegada desde Tarragona para ocupar el puesto vacante como directora del Centro de Mayores Rosalía de Castro, contempla el ir y venir de residentes y auxiliares en el jardín.
La mañana es inusualmente luminosa para el mes de mayo. El clima de A Enfesta es tan húmedo y oscuro como el de todo Santiago, tal vez algo más, piensa mientras intenta poner nombre a las caras.
Hace girar de forma inconsciente el anillo de su dedo anular. Aún no se hace la idea de que va a tener que pasar unos años en este trabajo, entre viejos y tullidos.
El sueldo es bueno, intenta reafirmarse, el presupuesto ajustado pero suficiente, tal vez haya que hacer algún recorte, algún ajuste en el personal, cambiar de proveedores…
Recortar person
al siempre es lo más problemático, siempre trae conflictos aparejados… ¿qué hago yo rodeada de viejos, día tras día? Es una empresa como otra cualquiera, mejor que las dos últimas… y este clima de perros… hoy hace bueno, quizá debería bajar a pasear con los residentes, sería bueno, sí…
Abajo, en el jardín, una de las ancianas, delgada y rugosa, de cabellos revueltos entrecanos, mal recogidos en un moño bajo, ceñuda, mira hacia ella con ojos desenfocados. Se detiene en su entorpecida caminata, fija en algún punto de la ventana, como intentando escudriñar a través de los cristales lo que sucede en el despacho. El joven auxili
ar que la acompaña se inclina hasta su oído y le susurra algo que la saca de su ensimismamiento y reanuda
su paseo, arrastrando los pies, murmurando palabras sin sentido, sacudiendo la cabeza.
Pero Mireia ya se ha marchado y no puede ver cómo se aleja, arrastrando los pies, por los caminos de gravilla y losetas del jardín decimonónico, su piel translúcida parcheada por la luz que se filtra entre los rosales que se entrelazan sobre los arcos.
Continuará...