26 diciembre, 2010

Tarde de Compras. ¿Un cuento de Navidad?


En el supermercado, lleno de guirnaldas de oropel y espumillón dorado, los villancicos sonaban con el volumen desorientado adrede para conseguir confundir a cada comprador e incitarle a llenar los carros o las cestas, convulsos y conversos. Tronaban en lugar de sonar, queriendo idiotizar a los neo idiotas contagiados de tanto oportunismo que se repetía cada comienzo del invierno, como salmodio de mantras con sabor a chicle, prendida cada estrofa en los pespuntes de la memoria.
Villancicos. Villancicos. Muchos villancicos que nadie sabía de su relación con el terrenal mercadeo pero sobre todo y mucho menos la hubiera sabido la figura en cuyo honor se cantaban.
Un hombre de aspecto taciturno, con el ceño fruncido y ademán de asqueado escepticismo, deambulaba entre las estanterías, pensando bien cada movimiento de posesión. En su cesta apenas un par de botes de cerveza, un brick de zumo, una bandeja de hamburguesas de‚ “Depende” y una lata de olivas rellenas. Ensimismado, calculando el precio de las cosas, no vio llegar a un Papá Noel con el traje varias tallas grande, que llevaba una bandejita con trozos de turrón de prueba. Al ponerse a su lado, el meritorio Noel le dijo en voz alta:
—¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! Pruebe el turrón. Ande, coja un trozo, que es gratis.
El hombre le miró; sin mediar palabra le empujó con rabia, yendo la bandeja y el Noel a proyectarse contra la góndola llena de estuches de huevos, que desparramaron por el suelo las claras viscosas y las yemas llamativas. Una señora con un gorro aparatoso y abrigo de piel dio un patinazo sobre la tortilla sin cuajar. Mientras caía, entre sorprendida y aterrorizada, empujó su carro, lleno hasta los topes, contra una cabecera de botellas de cava, apiladas en inverosímil pirámide que se desmoronó, liberando litros de líquido junto con la metralla de los cascos rotos y afilados, alcanzando a unos chavales que tarareaban de broma el villancico en la onda. Uno de ellos se revolvió rápido para esquivar un proyectil verdoso, con tan mala fortuna que pisó a un anciano que sólo llevaba una barra de pan y algo de frío en el alma. En un gesto inútil intentó defender su barra, pero blandiéndola como un sable de filo tierno le dio en un ojo a una mujer con un niño pequeño en brazos. Venía ésta acompañada de su marido, un primate de porte alfa, que, sin pensárselo dos veces, propinó un guantazo al pobre abuelo que le hizo perder la dentadura al tiempo que se desmayaba sobre la isla de piñas tropicales que hasta entonces permanecían incólumes ante el desvarío general.
El personal del establecimiento no supo a quién atender primero, pero recordaron que la música amansa a las fieras y subieron, más aún, el volumen de la misma. Entre gritos y lamentos los peces en el río se hartaron de beber y beber, porque, para unirse a la ceremonia de la confusión, se estropeó el audio repitiendo, como un sonsonete aquello de, “pero mira como beben los peces en el río”.
Resultaba chocante aquel caos al compás de la estridencia festiva en nombre de la paz. Pero resultó más chocante que se cerraran las puertas del Súper para evitar que se generalizasen los saqueos, que comenzaron pronto. Como por arte de magia se arregló sola la megafonía y lo que se pudo escuchar fue la dulce melodía de Noche de Paz, aunque paz, paz, lo que se dice paz, no se consiguió hasta que se pusieron en marcha los aspersores del techo porque algún desaprensivo pensó que la lluvia apaga los ardores y vuelve corderos a los lobos.
Poco a poco volvió la calma. Ateridos, empapados, temblaron todos a la vez que la canción en este caso les recordó que esta noche es noche buena y mañana Navidad, mientras iban saliendo de uno en uno cacheados por varios guardas y empleados, con rumbo a una auténtica cena navideña de pan y gloria en las alturas.


Texto: Eugenio Mateo