28 diciembre, 2010

En una maldita trinchera


Hacía días que diluviaba. Ariel me dijo que hubiera preferido que parara el cielo antes que los obuses. Enseguida, el sargento nos ordenó alistarnos: se aproximaba otra carga. Cuando dio la voz de ¡Fuego! el lodo se vistió de cuerpos. Nunca fui un buen tirador pero esa vez le di a uno. Por un instante, me quedé sin disparar; furioso, el sargento me increpó como un látigo. Volví a abrir fuego y le acerté a otro. Inexplicablemente, a escasos metros de llegar a nuestra línea, el enemigo tocó retirada. Al verlos huir como perros, me cebé en el gatillo y logré derribar a un tercer hombre. Era mi día. De repente, lo tuve al clarín en la mira de mi máuser y me propuse acallarlo. Tras el certero disparo sentí que todo se silenciaba en el campo de batalla, excepto el sonido atronador de la bal! a que se incrustó en mi cabeza.
No sé cuánto tiempo después, tendido boca arriba, abrí los ojos a un cielo terso y azul. Pensé en Ariel. De inmediato, me busqué sin éxito la herida. Luego descubrí que no había nadie más que yo en la trinchera. Todo esto que escribo sucedió hace un par de semanas; desde entonces, más allá de la línea de fuego a la que aún no he vuelto a asomarme, el toque de retirada no cesa.
Texto: Gabriel Bevilaqua
Narración: La Voz Silenciosa