17 diciembre, 2010

Espíritu navideño


Con esmero y cuidado, como si las bolas fueran pececillos de colores, Verónica colgaba los adornos en las ramas del árbol. Pensaba detenidamente dónde colocar cada uno, medía y sopesaba, trasladaba figuritas y reordenaba las guirnaldas. La estrella la tenía reservada, envuelta en papel de periódico, esperando para coronar aquel verdor engalanado. Esta acción era un ritual que se llevaba a cabo durante el puente de la Constitución. Hacerlo antes a Verónica le parecía demasiado temprano, alrededor de la Purísima era un buen momento: tenía fiesta con lo que podía dedicarle el tiempo necesario y la Nochebuena no quedaba tan lejos. Conforme se había hecho mayor la decoración del abeto había pasado a ser un evento solitario. Antes podía contar con su marido y los niños, pero, desde que los niños se habían convertido en padres, a Vicente no le apetecía perder la tarde en esas cosas. Así que se iba a jugar al guiñote al Casino y, cuando regresaba, la Navidad había plantado un árbol en el comedor de su casa.
—Puntual como todos los años.
Entró en la cocina dispuesto a dar un beso a Verónica y a felicitarla por lo bien que le había quedado este año también. Se la encontró sentada, triste, con los pedazos de la estrella entre sus manos.
—¿Qué te pasa, mujer? Sólo es un adorno. Mañana
podemos comprar otra más grande y más bonita.
—Pero no será la misma, ya no será la misma.
Vicente sabía que no iba a poder consolarla de ninguna manera: esa estrella era la Estrella.


La Navidad anterior a su muerte, el abuelo le regaló la estrella a su nieta. Si a alguien había adorado Verónica en toda su vida era a su abuelo Joel. Ella, por entonces, hubiera esperado otro presente, como la pluma Montblanc, bien sabía él lo mucho que le gustaba. Por eso se sorprendió y se medio enfadó cuando descubrió de qué se trataba.


—¿No te gusta, Verónica?— Le preguntó el abuelo con su voz aterciopelada por los años y por la barba blanca que la resguardaba al salir de su boca.
—Bueno, es que no sé qué quieres que haga con esto, abuelo. Ya sabes que a mí la Navidad no me gusta. Es un cuento para los críos que aún creen en los Reyes Magos. Yo nunca pondré un árbol de Navidad en mi casa.
El abuelo sonrió. Conocía a Verónica mucho mejor de lo que ella misma creía conocerse. Sabía de su corazón, ese que llevaba escondido detrás de una apariencia que se esforzaba por mostrarse irreverente, distante con cualquier tradición o ancestro inservible. El abuelo entendía que la inteligencia es orgullosa, y que se muestra soberbia cuando los seres humanos aún no tienen el alma madura. Los hay que consiguen madurarla, los hay que no. Él no perdía la fe en su nieta y lo apostó todo por ella.


Durante el invierno del mismo año el abuelo sufrió una pulmonía. La enfermedad le debilitó mucho y le quitó las fuerzas y las ganas que había conservado casi intactas hasta los 82 años. Empezó a apagarse, lentamente, abrigándose en el silencio y en una roída manta a cuadros que nadie logró quitarle ni una vez para lavarla. A Verónica le hundía verlo así, tan delicado, cuando había sido el abuelo más fuerte, el abuelo con el que podía hablar de cualquier cosa aunque muchas veces no estuvieran de acuerdo. Porque el abuelo había estado en la guerra y en la postguerra, había sobrevivido a una dictadura y a una primeriza democracia, a seis hijos y a diez nietos. El abuelo había sido un hombre con una larga, intensa y dura vida. Y ahora, al verlo así, le asaltaba el remordimiento por no haberlo tomado en serio cuando le daba consejos o le recriminaba algo que no había hecho según su criterio. Quería volver a discutir con él cuando hablaban de política o de religión; quería limpiarle las gafas y decirle que se arreglara la barba; quería regalarle chalecos y quería que supiera lo mucho que le quería.


Nada pudo alegrar la Pascua siguiente, ni los estruendosos villancicos ni las luces estridentes, ni los gritos de los niños mientras jugaban. El paisaje era más gris que en cualquier otra Navidad que Verónica recordara. Empezaron a llegar los familiares a la cena de Nochebuena. Verónica intentó intercambiar su añoranza por ocupación: se dedicó a atender a los invitados, a regañar a los primos menores en su exceso de algarabía, a poner la mesa, a servirla… Se sentó a tomarse el cardo con bechamel, pero no podía ingerir ni el primer bocado. De pronto se le vino a la cabeza una idea luminosa. Se levantó de la mesa y fue a buscar la estrella del abuelo. La puso en lo más alto del árbol que su madre había puesto en el salón y se la quedó mirando. Lucía hermosa y la Navidad le pareció un poco menos triste, sintió que los niños gritaban menos, que el asado olía muy bien y que la pesada de la tía Josefina se estaba comportando. Se sentó a la mesa y empezó a cenar con gusto.


Llegaron los postres y, en un malabarismo digno de Papa Noel, a los pies del árbol aparecieron los regalos. Los niños fueron los primeros en abalanzarse sobre los paquetes en los que rezaba su nombre y los mayores disfrutaron con su alegría tanto como ellos. Verónica había recibido su móvil de última generación, sus guantes de piel vuelta y se había alegrado al ver que Papa Noel se acordó de lo mucho que le gustaban los bombones. Pero aún quedaba un paquete bajo el árbol y en él ponía su nombre. El papel de regalo parecía algo gastado y la letra de la etiqueta le hizo dar un vuelco el corazón. Abrió sin ninguna destreza el paquete hasta que logró tener en sus manos la pluma Montblanc del abuelo. Dentro, una nota, con la inconfundible caligrafía de escuela de postguerra, le decía: “Felicidades, Verónica. Has encontrado el verdadero espíritu navideño. Tu abuelo que te quiere.”

Texto: Anabel
Ilustración: Elísabet Bertolín