19 diciembre, 2010

La niña planta


Como burlonamente se le conoce, es la imagen de la extravagancia.
Habla con las plantas, se agacha, se pone a su altura, acaricia el revés de las hojas y les susurra delicadamente palabras que sólo ella conoce.
Cuando pasa por tu lado desprende un olor a flores que inunda todo el ambiente y hace que su extraño caminar, espeso y lento, se convierta en un espectáculo de fragancias frescas.
A veces, se pierde para refugiar sus pies en el parterre más cercano, vierte agua en sus tobillos y los colores de sus mejillas brotan rojos y relucientes. Va poniendo su cuerpo erguido, parece que crece con la savia de la tierra y cerrando los ojos respira profundamente el aire cálido que la rodea.
Si estás a su lado te sorprenden las sombras que la envuelven y juguetean con ella, como raíces que brincan abrazando el entorno, pero retroceden escondiéndose ante la mirada crítica del que no soporta lo diferente.
La niña planta desaparece cuando son demasiadas las miradas inquisidoras, cambia de terreno, de entorno, porque la marchitan y secan.
Pero curiosamente deja un vacío en su huida, porque, lo queramos o no, la extravagancia también es historia.