06 diciembre, 2010

Nuevos amigos



Una nueva sacudida. ¡Agárrate fuerte!
El mundo se puso patas arriba, el estómago dio un salto en su barriga mientras se giraba cabeza abajo para volver, en fracciones de segundo, a la postura inicial.
Y otra vez a nevar.
La castañerita, bien aferrada a su asiento, sintió cómo regresaban los copos de nieve que caían sobre su cabeza, abundantes al principio, para convertirse enseguida en apenas unas motas blancas que se posaban sobre su estufa.
Miró de reojo al niño que pasaba por la calle con la mochila a la espalda y que no se había movido ni un milímetro de su sitio, y a la señora que le tendía la mano con el dinero para pagarle las castañas que ella le ofrecía, en un cucurucho que ahora parecía más bien un helado, de tanta nieve como le había caído. El guardia le guiñó un ojo, firme en su posición, mientras saludaba con un toque en la visera del casco al conductor del coche de caballos que cruzaba, las patas del corcel levantadas con brío, evocando el ruido del choque de los cascos contra los adoquines.
Detrás de la pequeña castañera, la nieve resbalaba por los tejados y chimeneas de la fila de casas victorianas, por las fachadas coloreadas en brillantes colores y pintaba de blanco las coronas de muérdago que colgaban de las puertas.
Otro temblor. Esta vez,
el movimiento iba de un lado para otro, rápido, imparable, y anunciaba que la nevada de antes no había sido lo suficientemente buena. Y, de nuevo, cabeza abajo, cabeza arriba y… ¡pum! Otra vez quietos, de un golpe seco.
 
La nieve era ahora un torbellino que parecía querer engullirlos. Polvo blanco que giraba y se colaba por cada resquicio, que los azotaba con fuerza para suavizarse poco a poco y permanecer rondándolos durante un rato, hasta que parecía cansarse de dar continuas vueltas alrededor de los transeúntes y las casas.
Cuando apenas quedaban unos copos en suspensión y el suelo se encontraba cubierto de una gruesa capa de nieve, la castañera vio cómo se acercaba de nuevo una sombra que tomaba cuerpo a medida que se acercaba al cristal, deforme, ancha, boca y ojos de pez, dedos rechonchos aplastados contra la esfera transparente, la misma sombra que acompañaba, día tras día, las nevadas.
Le llamaban el Hombre de las Tormentas. En cuanto veían acercarse los pequeños dedos rematados en unas uñas roídas, los habitantes de la bola de cristal ya sabían que la nevada estaba próxima.
Pero ese día, en lugar de agitarlos una y otra vez, el Hombre de las Tormentas, después de provocar la ventisca de nieve tan solo en un par de ocasiones, no despegaba su nariz del cristal y sus dedos recorrían la superficie convexa con insistencia. El vaho que exhalaba su boca creaba una atmósfera de bruma que entristeció a la castañerita.
Miró al guardia, clavado en su puesto, cerca del coche de caballos y este pareció comprender lo que le quería decir. La señora que le compraba las castañas asintió, con una gran sonrisa y el niño lanzó un gran ¡bien!
–Entonces, ¿lo dejamos pasar? –quiso confirmar la castañera– ¡Parece tan solo, allá fuera! Siempre nos está mirando, nunca juega con nadie. Y estamos en Navidad.
Un murmullo de aprobación resonó entre las paredes esféricas, incluso el caballo relinchó para mostrar su acuerdo.
–Ahora –indicó la pequeña castañera–, formulemos juntos nuestro deseo de Navidad.
Las paredes de cristal comenzaron a reblandecerse como un caramelo que se derrite mientras los habitantes de la bola fundían sus pensamientos y deseaban con todas sus fuerzas que el niño que los observaba entrara para hacerles compañía.
Javi apartó la nariz del cristal, sobresaltado. Su bola de nieve se había convertido en una espiral de colores que se deshacía en destellos y dejaba pasar un vientecillo frío de ventana abierta en invierno. La nieve que momentos antes envolvía a los personajes de la bola se esparció por su cuarto y blanqueó su pelo y cejas.
Asombrado, tocó el cristal que, blando, dejó que se le hundieran los dedos. Los sacó y comprobó que nada malo había sucedido, solo que cada vez era más intenso el viento y el polvo de nieve que salía de la bola, que podía escuchar mejor las palabras de los muñequitos que había en su interior, que lo llamaban.
–Ven a jugar con nosotros, le susurraban, ven. Serás nuestro amigo, Hombre de las Tormentas.
Javi miró los regalos que había recibido esa noche, diseminados por su cama, alrededor suyo. Los que deseaba compartir con otros niños y que apenas le compensaban de tener que estar solo y quieto en la cama. ¡No es justo!, había protestado cuando le dijeron que tenía que hacer reposo hasta que estuviera mejor. ¡Pero si yo ya estoy mejor!, insistía, una y otra vez, ¡y estamos en Navidad!
Pero de nada habían servido sus protestas y tuvo que pasar encamado los días de vacaciones, aburrido, triste, enfadado. Se entretenía mirando la bola de cristal que su abuelo le regaló el año pasado. Ver caer los copos de falsa nieve le hacía soñar con estar fuera, en esa calle, haciendo un gran muñeco o tirando bolas de nieve a los que se le pusieran a tiro, atinando justo en la grupa del caballo o en la mochila del niño, corriendo a esconderse detras de la castañera y resbalando por las aceras heladas como en un lago de hielo.
–Ven con nosotros –insistían desde la bola–, te divertirás.
No se lo pensó más. Introdujo primero los dedos, las manos después, brazos, hombros, cabeza. Contempló, por primera vez sin el velo del cristal que se interponía entre ellos, la calle victoriana, engalanada por la Navidad, las gentes que la llenaban de vida y que ya no aparecían quietas y rígidas en sus puestos.
El caballo piafó mientras tiraba del coche y desaparecía por una esquina, el niño pasó corriendo a su lado y le dio una colleja –¿a que no me pillas?–, la castañera gritó su producto: ¡castañas calientes!, la señora desapareció tras la puerta de una gran casa de fachada de piedra, el guardia conversaba con un caballero de largo abrigo y bombín de fieltro, un gato cruzó la calle a toda prisa.
Javi dejó atrás su habitación en penumbra, los juguetes con los que no quería jugar solo, un mundo de aburrimiento entre sábanas limpias y tomas de temperatura.
–¡Bienvenido, Hombre de las Tormentas! –gritaron todos a coro mientras Javi chapaleaba por los charcos de nieve a medio derretir– ¿Qué te pides ser? –preguntó, a bocajarro, la castañerita.
Javi no dudó.
–¡Bombero! De los que tienen un camión grande con campanilla y escalera y manguera, para ir de un lado a otro rescatando gente y rompiendo puertas con mi hacha.
–¡Vale! –corearon todos, mientras aparecía por la bocacalle un antiguo camión de bomberos, tirado por dos caballos.
Tenía un pie en el pescante y la mano agarrando el manillar, a medio subir al camión, cuando la sombra de unas manos enormes oscureció el cielo de la bola de cristal.
–¡Javi! –escuchó cómo lo llamaba la voz cálida de su madre– ¿Dónde te has metido?
Las manos se cerraron sobre la esfera, se podían adivinar algunos rasgos de su cara, mientras la contemplaba, interesada.
–¡Javi! ¡Sal de donde estés escondido, que es hora de la medicina! –continuaba jugueteando con la bola, pero su voz ya no sonaba igual, sino que se adivinaba que estaba nerviosa.
Un pequeño movimiento, luego otro un poco más fuerte y después otro. El mundo boca abajo, la nieve lo envolvía todo.
Javi sintió el vértigo de sentirse sacudido, la cabeza que se le iba de un lado para otro, el corazón en la boca.
–¡Qué divertido! –pensó, mientras las voces de sus nuevos amigos gritaban a coro:
–¡Agárrate fuerte!

Texto: Ana Joyanes