09 diciembre, 2010

Queridos Reyes Magos


Marcos sentía verdadera envidia de Adrian, el chico que vivía en la casa grande situada dos manzanas más al norte en dirección al colegio.
Todos los días pasaba delante de ella y contemplaba la cantidad de juguetes que tenía. Su bicicleta de montaña, amarilla cantosa, con letras negras pintadas a modo de grafiti. ¡Cómo molaba!
También tenía un auténtico parque dentro del jardín, con columpios, tobogán, tiovivo. Marcos no apartaba la vista de esa vivienda mientras se dirigía a la escuela.
El chico instintivamente pavoneaba sus posesiones delante de él, restregándole sus riquezas materiales:
—Ahora comienzan las vacaciones de Navidad y le pediré a los Reyes Magos muchas cosas que seguro me traerán. Siempre me dejan todo lo que les pido —decía en alto delante de un grupo de amigos para que todos lo oyeran. Con ese aire de superioridad impenetrable con el que recorría todo el colegio, y que Marcos no soportaba.
A medida que se acercaban las Navidades, Marcos se preguntaba qué le dejarían los Reyes a él. No solía pedir mucho, porque sabía que más de tres cosas era imposible que le trajeran. Pero es que además, no debían entender su letra, porque no daban pie con bola con sus deseos. Siempre se equivocaban.
No entendía porqué al tonto de Adrian le dejaban todo, con lo engreído y déspota que podía llegar a ser.
Marcos era un gran chico, buen estudiante, amigo de sus amigos, dispuesto siempre a echar una mano a todos, sabía escuchar.
—¿Por qué nunca acertaban los Reyes Magos con él? —Algo fallaba y no se imaginaba el qué.
Fue sorprendente como en la reunión del último día de colegio solo faltaron los padres de Adrian. Marcos lo observaba con atención descubriendo una mirada triste y desolada en sus ojos.
La profesora lo apartó del grupo y le comunicó algo en voz baja. En ese momento el rostro de su envidiado amigo no se lo deseaba a nadie. La ira y la desolación se unieron en un grito callado de socorro. Cerró fuerte los dientes y respiró profundamente por la nariz, como si quisiera bajar el nudo que en ocasiones ahoga de tristeza el alma. Los ojos se achicaron tragando saliva.
La madre de Marcos lo cogió de la mano y tiró de él haciéndolo volver a la realidad del aula, dándole un gran beso en la frente. Se merecía un descanso, el trimestre había sido duro pero, las magníficas calificaciones que había obtenido fueron su recompensa.
Mientras se marchaba, la cara de Adrian se quedó muy marcada en la pupila de Marcos.
Al caer la tarde, pasó por la casa de Adrian con su patinete, quería ver si su rostro había cambiado.
Oía un sollozo conforme se iba acercando al árbol del jardín. Estaba detrás, escondido, hecho un ovillo, con los ojos inundados de lágrimas y sin ningún lujo alrededor.
Lloraba con impotencia. Marcos dudaba si acercarse y ofrecerse como consuelo de lo que aparentaba ser inconsolable.
Enlenteció tanto su paso que, Adrian levantó la vista al sentirse observado. Su mirada le rogó que se quedara. Se sentó a su lado.
Adrian era rico, sí, de cosas materiales pero, nunca había sentido un beso profundo y duradero de su madre, una persona fría y seca que pensaba que los mimos y carantoñas sólo servían para educar a niños débiles de carácter. Con su padre nunca había hablado dos palabras seguidas, era distante y extraño, los niños le repelían.
No había sentido el calor del hogar nunca, sus padres trabajaban y viajaban continuamente y la única voz que recordaba de su madre, en los últimos años, era la voz metálica que salía del manos libres del portátil de su habitación.
A veces, tenía la suerte de que alguna de las innumerables criadas que contrataban para sus cuidados era amable y cariñosa, por lo que Adrian deseaba con todas sus fuerzas que durara más de lo habitual, pero el destino siempre conspiraba contra él y solían ser las que abandonaban antes su casa.
Mientras Marcos escuchaba las desgarradoras palabras de Adrian, un sentimiento de amistad transformaba la envidia que siempre había sentido por la persona que estaba sentada a su lado.
Comprendió que el verdadero afortunado era él. Las imágenes de su familia se iban agolpando en su cabeza llenándolo de orgullo. Su madre esperándolo todos los días con una comida caliente en la mesa y un abrazo inmenso de calor tierno y envolvente. Su padre siempre tenía un rato para él, todos los días jugaban a un juego de mesa y, cuando había partido en la tele, siempre lo esperaba impaciente que volviera del colegio para poder verlo juntos, abrazados en el sillón. Sus abuelos venían todos los años por Navidad y no se separaban de él durante todas las vacaciones. Lo llevaban al cine, a pasear, a ver los belenes y a comer castañas asadas cerca de los luminosos y adornados escaparates de la ciudad.
Conforme escuchaba a Adrian, Marcos comprendía que la verdadera riqueza estaba en su casa y no allí.
Se quedó con él hasta que sus ojos dejaron de derramar lágrimas.
Corrió, desesperado por llegar. Subió a su cuarto, buscó en el primer cajón del escritorio la carta que este año había escrito a los Reyes. La rompió en pequeños trozos que no dudó en tirar a la papelera. Ya no le interesaba ni la play, ni la bicicleta amarilla con grafitis, ni siquiera los rotuladores de punta fina que ansiaba desde que se los vio a su compañero de clase. Sólo quería una cosa, ayudar a su amigo Adrian, por lo que no dudó en escribirla de nuevo.
Queridos Reyes Magos:
Este año he pensado que no necesito ningún juguete. Seguro que no os costará concederme un deseo porque sois mágicos y todo lo podéis.
Quiero que llenéis la casa grande de la esquina, la de mi vecino, la de mi amigo Adrian, de abrazos, besos y calor humano. De palabras de cariño, de compañía y amistad.
Me gustaría que sus padres volvieran a su casa en estas fiestas, que estuvieran con él y que se sintiera tan querido y tan feliz como me siento yo.
Sé que no es una cosa difícil, porque a mí me traéis todos los años tanta felicidad que, a veces, hasta me sobra. Este año quiero compartirla con él y que sienta la verdadera magia de la Navidad.
Muchas gracias Melchor, Gaspar y Baltasar.
Un abrazo
Marcos