10 diciembre, 2010

Volver a Ser


El viejo escritor llegó al pueblo que lo vio nacer. Llevaba ya unos años, buscando en su interior una inspiración que se le negaba, vaciado por dentro como estaba de tantas vidas y lugares creados y escritos.
Salió temprano por la mañana y los aires de primavera le recibieron abrazándolo como lo hubiera hecho su difunta madre si hubiera vivido aún. De aquellos años sólo quedaban vagos recuerdos en su memoria gastada.
Llegó a la vieja plaza que había sido testigo de sus correrías de juventud. Sus carreras para llegar al colegio, sus primeros escarceos de amor, el primer beso robado, a escondidas, en la noche... Se sentó en el viejo banco a observar y cerró lo ojos y sacó su libreta nueva de color verde, donde escribiría la que intuía sería su última obra literaria, más intimista, más autobiográfica: “Copas de laureles cubrían de un verde manto la plaza” escribió. Paró por un momento de escribir. El olor a pan recién hecho le trajo el recuerdo de domingos en casa, la matanza, el alboroto de todo el pueblo, fiestas,... Ahora todo estaba
en silencio. El pueblo poco a poco se había vaciado de almas en busca de su destino y de sus sueños, quedando sólo el esqueleto de lo que antes había sido un cuerpo que latía lleno de vida.
Sus recuerdos lo elevaron metros sobre el suelo y empezó a revivir todo lo que ya había olvidado tras años y años de ver mundo y de compartir fama con gentes de otros pueblos. Era como si volviera al ayer hasta el punto de que su inconsciente se hizo consciente y su piel se abrió para respirar. Deseó ser brisa, ser olor a pan recién hecho, ser ave que vuela y observa todo desde el cielo. Ser laurel, ser banco en la plaza. Ser hijo, ser joven, ser mozo... Deseó volver a amar a quien tanto quiso y no supo querer, volver a aprender sobre lo aprendido, volver a vivir sobre lo vivido. Sintió entonces que su cuerpo se desprendía y dividía en mil trozos, y cada trozo se fundía con lo que quedaba del ayer para no desprenderse de su pasado añorado.
El niño soltó el brazo de su madre y corrió hacia aquel objeto olvidado en un banco de la plaza.
-Mamá. Mira-.
La madre abrió un cuaderno de tapas verdes que tenía escrito en la primera página una frase inacabada:
“Copas de laureles cubrían de un verde manto la plaza”.
Tornó sus ojos al cielo y no vio nubes. Sólo un verde manto de laurel. Y olió el suave aroma de pan recién hecho.
Texto: Miguel Angel Brito
Narración: la Voz Silenciosa