23 junio, 2011

Bajo la nieve


Mientras cerraba la puerta de su casa, pensó que se camuflaba bajo su gorra y tras la bufanda que le tapaba cara y orejas. Las manos, aunque se cubrían por guantes de lana, estaban heladas en diversas proporciones: gélidas en las yemas, en las falanges frías, frescas en las palmas y, a la altura de las muñecas, por fin, tibias. Caminaba deprisa, en un vano intento absurdo de entrar en calor, un poco al menos.
Después del primer saludo a un rostro familiar, se percató de que nadie le reconocía. Probablemente con semejante indumentaria podría perpetrar un atraco a mano armada en la sucursal donde trabajaba su hermano con muchas posibilidades de éxito. Desistió, pues, de repetir el gesto que la más elemental cortesía le dictaba.
Actuó como si fuera un extraño en la ciudad limpiada por el vendaval blanco. Miraba todo como si todo fuera nuevo, como si todo fuera un descubrimiento trascendente. Tanto se convenció de que era un extraño, que acabó por no reconocer las calles por donde sus pasos azarosos le llevaban. No le sonaban de nada los edificios, el pavimento de las aceras le resultó ajeno a sus pies, desconocidos los desnudos árboles ateridos...
Caminó, caminó, caminó...
Sus pies, poseídos de autonomía propia, vagaban de una parte a otra de la urbe cada vez más blanca, más hermosa cada instante, más desconocida, sin embargo. Después de tres horas de vagabundeo inútil se sintió cansado y frío, muy frío.
Decidió regresar a su casa. ¿Dónde estaba él? ¿Dónde su casa?
La angustia acreció con vigor y contundencia trasmitiéndole la misma friura que los blancos copos de nieve blandamente depositados a sus pies; pero este helor era más intenso, porque enfríaba el latido de su corazón, porque detenía el paso sosegado de su sangre.
Un relámpago de lucidez iluminó sus neuronas


y pensó que si entraba en algún bar y tomaba algo caliente, un café amargo, un caldo salado, una infusión dulce..., reaccionaría y todo volvería a la normalidad. Descubríó el anuncio luminoso que, unos metros más allá, parpadeaba rojo. Atravesó la puerta y fue abrazado por el cargado ambiente humoso de las discusiones de una derrota más de su equipo favorito. Sus gafas de hipermétrope se empañaron. Tomó una servilleta de papel; al tiempo que se disponía a limpiar de vaho los cristales, miró al frente. Un espejo le devolvió el rostro de un desconocido que repetía con insolencia el mismo gesto circular y mecánico de sus dedos aún ateridos...
Pasaron unos segundos: cuatro o cinco o seis... o doce..., quince quizá. Su mente, demasiado castigada durante las últimas horas, comprendió al fin que aquel entrometido, en realidad, era él mismo.
Ahora lo hizo con miedo. Otra vez, con solemne lentitud, alzó el rostro hacia el espejo. De pronto las voces, que debían continuar pues los labios de los rostros se abrían y cerraban a velocidad imparable, dejaron de percutir sobre sus oídos y fueron reemplazadas por los golpes sordos de un latido incontenible. Se topó nuevamente con ese rostro que le miraba aterrado y suposo que era su propia mirada diluida en pánico. Y no, descubrió aterrado, no era el mismo rostro que cada mañana le devolvía el espejo de su propio cuarto de baño, descubrió que allí no se reflejaban sus anodinas facciones, sin embargo tan familiares, tan queridas: la nariz curvaba su estructura, los ojos aclaraban la mirada, los labios adelgazaban los besos y empalidecían la sonrisa o el grito, el mentón era pesada losa, el cabello albeaba, como si la nieve del ocaso descansara para siempre sobre él.
A su alrededor nadie pareció extrañarse de aquella transformación. Miró por si encontraba algún rostro familiar que le ayudara a regresar a su efigie. Nadie.
Empezaba otro partido y los rostros de los parroquianos se volvieron, nuevamente, hacia el destello de la pantalla del televisor, como hechizados por los movimientos sincopados de los jóvenes deportistas.
Decidió pedir un caldo. La voz que salió de su garganta tampoco fue la misma voz a la que estaba acostumbrado, había aflorado desde una caverna umbría y sonaba en sus oídos a lija desgastada. Mientras tomaba su consumición, decidió que no pasaba nada, que todo era una pesadilla que concluiría de un momento a otro.
Pagaría, saldría a la calle, volvería sobre sus pasos y cuando llegara a su casa (aunque no sabía exactamente dónde estaba su casa) volvería a ser él, esos labios entristecidos, esos ojos castaños, esa nariz casi recta, ese mentón estrecho, ese cabello negro. Se echó, pues, la mano, aún un poco fría, al bolsillo izquierdo... Vacío, estaba vacío... Juraría que se había metido el monedero en el bolsillo. Siempre lo hacía. Se registró el otro bolsillo del pantalón. Nada. Tanteó el de atrás. Vacío. Las manos entraron en calor súbitamente. Sudaba. Si el camarero se daba cuenta de aquella repentina reacción, pensaría que el caldo había hecho efecto, pero él sabía que no, que la pesadilla sólo había empezado.


Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz silenciosa