10 enero, 2011

El obrador de palabras


Buscar palabras con C se convirtió en su obsesión desde que Carmen lo había abandonado. La comida le sabía a caca, se movía en un coche caduco, y hablaba de su vida como una calamidad. Adoraba los calmantes, bebía cava, compraba cuadros de Camacho y reprografías de Chagall, y hasta se apuntó a una compañía de teatro cómico que encontró en la calle, y que le sorprendió por su fantástico nombre: Compañía de teatro El cogollo cojo.
Resultó ser un cuentista curioso y cumplido. Convenció a su director por su capacidad para aprenderse los diálogos en cinco minutos, pero sus compañeros se preguntaban porqué gritaba descompuesto al recitar ciertas palabras.
- Todo se debe a que aquel ¡Camorrista!, después de sufrir un ¡Calambre! en el alma perdió para siempre la ¡Cabeza!, porque la vida es ¡Cruel!, pero eso, usted ya lo sabe- recitaba intercambiando gritos con palabras casi inaudibles.

Los diálogos perdieron su sentido original, la obra resultaba confusa, pero salió a escena, y el día del estreno cuarenta personas rieron sin parar al escuchar al hombre padecer cada C como si le fuesen a cortar la lengua, o a estrujarle el cuello hasta acabar con su vida. Él disfrutó, volvió a reír a carcajadas como meses atrás lo había hecho; comió caviar y crema de calabaza en un corrillo de cuatro que vinieron a conocerlo, y se quedó despierto hasta las seis de la mañana, hora en la que automáticamente se fue a dormir después de despedirse de una chica que lo había maravillado: una morena sonriente llamada Susana.