11 enero, 2011

El señor Pip



Como me han dado libertad para rodar "a mi esfera", quiero hablaros entre otros libros, de alguno que me parece que no han tenido la difusión que se merecen. Uno de ellos es El Señor Pip, de Lloyd Jones.
Trata de los habitantes de la isla de Bougainvilla, que tienen que sobrevivir en medio de una guerra civil. De una niña y su madre que están solas -su padre tuvo que emigrar a Australia 
al quedarse sin trabajo. Es también un libro sobre el paso de la infancia a la madurez, de la protagonista y narradora, Matilda. Además es una reflexión sobre lo que la lectura nos aporta y nos ofrece. Sobre la interacción entre realidad y ficción; la capacidad de la imaginación para ofrecernos un refugio cuando no nos queda nada.

Cuando comencé el blog, surgieron algunas conversaciones sobre qué nos (me) da la lectura o la forma en que cada uno lee. Algunas de las reflexiones de Matilda podrían haber sido mis propias palabras:

Cuando el señor Watts llegó al final del primer capítulo, me sentía como si ese niño, Pip, me hubiera hablado personalmente. Un niño

al que no podía ver ni tocar, pero a quién conocía de oídas. Había encontrado a un nuevo amigo. Lo sorprendente era el lugar donde lo encontré,(…) en un libro. Nadie nos había dicho que los amigos podían hallarse también allí. Ni que podíamos meternos en la piel de otro. Ni viajar a otros lugares (…)A medida que avanzábamos en la lectura del libro me ocurrió algo. En un momento dado sentí que me introducía en la historia. No me habían asignado un papel, no se trataba de eso; no se me podía identificar, pero allí estaba, sin duda estaba en esas páginas.

Hay un fragmento de una conversación entre el señor Watts y Matilda que también me pareció muy significativo: (…) No se puede fingir que se lee un libro (…) Los ojos te delatan. También la respiración. Una persona cautivada por un libro sencillamente se olvida de respirar(…). Pennac en Mal de Escuela lo expresa de otra manera: En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás (...) Había bienestar en aquellas actitudes. (...)

Tal vez porque el otro día aludía a la desaparición del libro, me llamó especialmente la atención la parte en que, como represalia, les queman todas sus pertenencias. Cuando vuelven al colegio , el señor Watts dice a los niños: (...) estas pérdidas (...) nos recuerdan aquello que nadie puede quitarnos: nuestra mente y nuesta imaginación. Y les encomienda la tarea de rescatar Grandes Esperanzas; cada uno irá aportando los fragmentos que recuerda. No puedo menos que pensar que mientras tengamos la capacidad de narrar historias y recordarlas, el libro, o más exactamente, la literatura, no desaparecerá.Crítica: lamemmour