01 enero, 2011

En la cueva de hielo.

Capítulo 3


Mireia Merino se consideraba buena en lo suyo. La dirección de empresas siempre le atrajo, dirigir le atraía.

Tomar las riendas de un centro de apenas cien residentes se le antojaba muy por debajo de sus posibilidades.
La desazón de los últimos días en Tarragona le revolvía el estómago.
Abandonar su despacho, abandonar su hogar, las expectativas en que había basado su vida, arrasadas, su matrimonio hecho añicos. La amargura, el resentimiento, el fracaso, la inmensa decepción. El ruido atronador de las discusiones que preludiaban el final resonaba aún en su cabeza dolorida, las agrias negociaciones, la claudicación, el abandono.
Tuvo que poner kilómetros de por medio para ahogar la angustia que le producía pasar por los lugares que frecuentaban, dar explicaciones a los que los conocían, acudir cada mañana al trabajo que habían compartido durante los últimos dos años.
Santiago de Compostela parecía lo suficientemente alejado, lo suficientemente distinto, como para borrar los recuerdos que ya no quería.
Tal vez debería haber buscado algo 
Y la Universidad está a mi alcance, puedo seguir estudiando, este trabajo me va a dejar mucho tiempo libre…
Sin apenas distraerse de sus elucubraciones, Mireia da el visto bueno al operario
que está colocando los cuadros que ha elegido para su nuevo despacho, piezas modernas, de diseños lineales, étnicos, le había informado el dueño de la galería.
Tal vez, historia medieval. Santiago está lleno de historia, puede ser una buena elección y sería más un pasatiempo que una obligación, estudiar todos los hechos del mundo antiguo, conjetura, visionando en su imaginación las piedras de la Catedral y los peregrinos descalzos que llegaban hasta ella, andrajosos, con los pies descalzos y ampollados, apoyados en sus báculos, hediendo a miseria y fe.
–¿Le parece que colguemos esta lámpara en ese rincón, señora?
Un operario la distrae por un segundo de sus ensoñaciones. Le da permiso con un gesto. La lámpara quedará bien ahí, iluminando los cuadros que se oponen en las paredes que forman el rincón.
Le gustan los lugares luminosos, donde no quede espacio para las sombras, donde todo sea visible, diáfano, donde no haya oportunidad de esconder o tergiversar.
Aparta de su cabeza los recuerdos del salón en penumbra, de los largos días de llanto y rabia, oculta de todos, incapaz de escapar de sí misma, agobiada por la tristeza.
–Esa planta de ahí… no sé cómo se llama… retírenla, por favor, es tóxica en espacios cerrados –señala una diefenbaquia.
Con el mal tiempo, seguro que las ventanas estarán siempre cerradas y Mireia necesita luz y sol.
¿Qué hago yo aquí?


La nueva directora quería conocer todos los pormenores de la institución. Ya el primer día se había empeñado en recorrer todas las instalaciones y llegar incluso a las zonas de recogida de desechos.
No podemos desaprovechar toda esta basura, con los jardines que tenemos, así que no sólo vamos a reciclar sino que compostaremos los restos orgánicos y de
jardinería, había aseverado, sin dar opción a réplica y, sin tregua, había ido lanzando ideas para mejorar la eficiencia del lugar ante el silencio sorprendido de su personal, poco acostumbrado a que otros directores se preocuparan por aspectos tan minúsculos.
También quiso conocer a los residentes.
–Ya los irá conociendo –le propone Secundino Gálvez, el subdirector, p
erpetuo en su cargo a través de los años y los cambios de propietarios y directivos–, de hecho, hemos organizado un acto para presentarla a todo el personal y los internos, los válidos, claro está.
Pero ella, obstinada, insiste en pasar por las zonas de descanso para salu
dar a cuantos encuentre.
Secun la acompaña de mala gana y hace las presentaciones, que se le antojan repetitivas y sin sentido. En realidad, solo la presenta a ella pues no conoce el nombre de la mayoría de los residentes que, a sus ojos, son iguales uno a otro, sin más señas de identidad que alguna extravagancia de vez en cuando que hace distinguible a su portador. Todos pasan por el centro de mayores, unos por más tiempo que otros, ninguno se queda, ninguno parece aportarle nada más que una razón para ganarse la vida, seres destinados a desaparecer en el olvido.
Sin embargo, para ellos es muy diferente, un hito en sus vidas monótonas el que la nueva directora pase a saludarlos. Y el primer día.
Las sonrisas en sus caras estragadas por los años, la manos que buscan las suyas para palmearlas o retenerlas, los gestos emocionados, las palabras pronunciadas en un acento que Mireia apenas comprende, le hacen sentir que tal vez no se ha equivocado en su elección que, a lo mejor, con el tiempo, llegará a sentirse en Santiag
o como en casa.
En un rincón, apartada del resto, una anciana la observa, quieta, seria, sin mostrar interés por que se le acerque pero atenta a todos sus movimientos.
–¿Quién es? –pregunta Mireia, dispuesta a sorprenderla cuando se dirija a ella por su nombre.
–La llaman tía Maruxa, no sé cuál es su nombre completo. Tiene fama de estar medio loca… no que tenga alzheimer o algo así, como tantos, sino que es rara, me explico, que uno nunca sabe por dónde va a salir.
Mireia echa a andar en su dirección, seguida por Secun, ya harto de tanto protocolo.
La anciana se yergue en su asiento de piedra y la mira desde abajo, el mentón avanzado, los ojos muy abiertos.
Mireia se inclina y le tiende la mano, sonriente.
–¿Qué tal, tía Maruxa?
La anciana no acepta su mano ni, en un primer momento, hace ademán de hablar.
Mireia retira la mano, intentando no dejar traslucir ninguna emoción. Las per
sonas mayores son así…, se dice, restándole importancia.
–¿Se encuentra a gusto entre nosotros?
La mujer calla, la mirada muy fija en sus ojos, escudriñándola. Mireia siente que esa mirada le incomoda, es demasiado intensa, está siendo evaluada, y no aprecia que esté superando el examen, a juzgar por la dureza de la expresión de la anciana
Incómoda, persiste.
–¿Le gusta vivir en Rosalía de Castro, tía… –vacila. Por un momento, le cuesta recordar el nombre– …Maruxa?
La mujer se levanta, despacio, con una mueca de dolor que reprime de inmediato. Sus ojos siguen fijos en Mireia, atisba dentro de ellos, quiere penetrar en su alma con la mirada.
–Te conozco –dice, al fin, con voz cavernosa, pausada–. Te conozco. Eres mi enemigo y volvemos a encontrarnos después de tanto tiempo.
Mireia, desconcertada, intenta sonreír. Es cierto, está loca, se dice, aun cuando el hormiguero que revuelve sus tripas indique lo contrario.
–¡Qué cosas tiene, tía Maruxa! –interviene Secun con rapidez, int
entando parecer afable, aunque la realidad es que está cansado de tanta contemplación,
harto de las rarezas de los viejos y de los caprichos de superiores y subordinados– Esta es la señora Merino, nuestra nueva directora y usted no la conoce porque viene nada más y nada menos que de Tarragona.
Morgana ignora al subdirector, siempre fija en los ojos de Mireia.
–Sé quién eres, no importa cómo te disfraces, y esta vez no escaparás de mi furia.
Continuará…