08 enero, 2011

En la cueva de hielo. Capítulo 5



Los comentarios que suscitó el pequeño vendaval que atravesó los jardines de la Centro de Mayores Rosalía de Castro duraron poco más que lo que tardó la siguiente noticia en nacer. Una rareza más del clima, que está loco de un tiempo a esta parte, concluían unos y otros cada vez que salía el tema. La misma Mireia habría estado de acuerdo con ellos de no haber visto lo que vio, de no haber sentido lo que sintió, de no ser tan visibles las marcas en su cuerpo golpeado.
Tardó unos días en recuperarse de la impresión y bastantes más en poder soportar el dolor de las costillas fracturadas. Durante ese tiempo, la mera idea de intentar averiguar qué le había sucedido a la anciana conseguía que se le revolviera el estómago. Había salido indemne, le habían informado sin que preguntase, todos los residentes habían salido indemnes, afortunadamente.
Los desperfectos fueron arreglados con celeridad, de forma que pronto no quedó rastro de lo sucedido, como pareció borrarse su recuerdo en las mentes de todos, menos en la suya.

Morgana traga la rabia que inunda su garganta.
No se ha levantado de la cama desde hace días, enferma de decepción y agotamiento. Merlín sigue siendo fuerte y permanece escondido en su nueva envoltura.
El esfuerzo que realizó ha dejado estragado el cuerpo que la contiene y le recuerda
una y otra vez, machacona, insistentemente, que se encuentra a merced de su enemigo, recluida en su mazmorra de decrepitud.
Los astros se lo anunciaron, el vuelo de los pájaros: Merlín se encontraba cerca.
Durante meses escudriñó cada signo, observó a cada persona o animal que se le aproximaba.
Júpiter hacía oposición con Plutón y el Sol, la Luna, cuadratura con Marte, un mirlo cantó toda la noche junto a su ventana, cobijado por las ramas del castaño y una lluvia de estrellas fulguró en el norte celeste. Solo había un significado posible para tal conjunción de eventos, su enemigo había roto el encantamiento con que lo encerrara en el bloque de hielo, había llegado el momento de enfrentarse a él. Por fin podría revertir la maldición que pronunciara contra ella momentos antes de quedar petrificado.
Por el anatema de Merlín, envejecería pero no podría morir ni recuperar su perdida juventud, no hasta que el hechicero fuera libre. Fue condenada a transitar centurias revestida de carnes ancianas, ignorada por todos, temida por algunos de los que lograban atisbar su poder, solitaria y amarga.
Morgana gira el rostro hacia la pared alicatada de la habitación, azulejos tan blancos y pulcros que el sol del mediodía que penetra por la ventana refleja en ellos su imagen. Cierra los ojos para no ver su derrota, pero es más fuerte el deseo de recordar y los abre, grandes, brillantes, los ojos de la mujer joven que lucha por eclosionar. Y los recuerdos acuden, pujantes, a su llamada.
En el interior de la cueva, en el bosque de Brocelianda, sentada en un trono tallado en piedra, aguarda la llegada de Merlín.
Sabe que no podrá resistirse a su cita, el pobre Merlín, tan sabio, tan bien intencionado, tan poderoso.
Se ha vestido con los ropajes sencillos de maga, poco más que una túnica parda, una toca lisa cubriendo sus cabellos recogidos en dos grandes trenzas y su anillo de rubí. En la tierra, junto a sus pies, el báculo de cabeza de carnero aguarda el momento en de ser utilizado.
Quiere sellar la paz con su maestro, eso le comunicó, quiere volver a ser su discípula, recorrer con él el camino de la justicia. Y él la creyó.
Solo que cuando entra en la cueva está en alerta. Morgana se levanta del trono en gesto de bienvenida, inquieta porque intuye que Merlín no se fía. Sabe que debería avanzar hasta él pero no quiere dejar su cetro atrás y él no se aproxima.
Con un gesto, Merlín ilumina la cueva en un repentino fogonazo. Hablemos, dice, quiero saber si tus intenciones son las que pretendes que sean.
Inician el diálogo, los dos monólogos que se suceden uno a otro sin posibilidad de entendimiento. La cueva, desnuda y agreste, va cambiando según cambian las palabras de uno y otro, se contrae, se ensancha, tiembla y se agrieta, respira y solloza lágrimas calcáreas. El calor de los infiernos, el frío de la estepa, el sonido de las olas del mar lejano, el murmullo de los animales de la noche al cruzar los bosques, el graznar del cuervo, el olor de la sangre recién derramada, de las flores sobre los catafalcos y en las guirnaldas para recibir al rey, la risa de un niño, los gritos de guerra, la cueva es un ser vivo, Morgana la siente bullir en sus venas, palpitar con su corazón.
No hay posible reconciliación, ella jamás se pondrá al servicio de ningún rey, de ningún hombre. Las razones de Merlín son ridículas, como ridículo es tener el poder y anonadarlo bajo capas de humildad y rectitud. Su amado hijo, Mordred, ha muerto a manos de su propio padre. Arturo, el rey por quien Merlín daría la vida, ensartó dos vidas con su espada, ahora ya no hay nada que pueda aplacar su odio.
La furia se encarna en ella, hace resplandecer sus cabellos con brillo de fuego.
Con un movimiento de la mano, hace ascender el báculo hasta que queda atrapado en su puño, garra blanca y azul. Merlín prepara un conjuro que lo proteja pero la fuerza de Morgana reverbera en las paredes de la cueva, sus palabras se repiten en mil ecos y lo envuelven como la crisálida encierra a la larva.
Hielo estelar, humo de cuerno de macho cabrío requemado, sangre de dragón, esquirlas de acero, polvo de las rocas de Ávalon, viento polar, que la vida abandone tu cuerpo, que tu alma no tenga descanso, que tu sufrimiento sea eterno, como mi gloria.
Merlín siente cómo sus miembros se paralizan. Su mente grita, les ordena que se muevan, pero una presión de roca los atenaza. El aire de la cueva, que brilla con destellos de fuego, se vuelve gélido y penetra en todas las fibras de su cuerpo, que comienza a cuartearse, invadido por el hielo.
Que el hielo sea tu prisión, la prisión de mis enemigos, que mi reino no tenga límites…
Merlín permanece rígido, congelado en la última postura que le fue permitida, señalando a Morgana con los dedos índice y corazón de la mano izquierda.
Espinas de rosal, cantárida y mandrágora, que la juventud ilumine mi cuerpo para siempre…
La voluntad de Merlín ruge desde las profundidades del bloque de hielo que conforma ahora su cuerpo.
Sus labios no se mueven, su cuerpo permanece yerto, pero el sonido potente de la voz del mago retumba en la cueva.
Yo, Myrddin Emrys, te maldigo, Morgana Le Fay. Que tu juventud se marchite, que tu cuerpo no alcance el reposo por siglos sin fin, que tu destino esté ligado al mío por toda la eternidad. Que mi prisión sea la tuya.
La cueva queda en la oscuridad, el silencio invade el aire.
Morgana crea la luz con un chasquido de sus dedos. El frío se ha apoderado de ella, tiembla como poseída por fiebres. La voz de Merlín resuena en su corazón. El hechicero es ahora una estatua helada, está indefenso ante su poder. Palpa sus brazos, se pasa la mano por la cara y los pechos. Sigue siendo joven, será joven por siempre.

Una nube cubre el sol y el dormitorio queda súbitamente en la penumbra. El reflejo desaparece de los azulejos blancos junto a su cama, la joven Morgana se diluye, se convierte en una sombra y solo queda el cascarón al que llaman tía Maruxa que, de pronto, derrama lágrimas que le queman la piel y empapan el almohadón.
Continuará…