13 enero, 2011

En la cueva de hielo. Capítulo 6




Por más que lo intentase, Mireia no lograba comprender qué sucedió ese día en el jardín, no había explicación posible. También quiso saber, una vez se hubo recuperado un tanto del susto, quién era la tía Maruxa, consiguiendo solo informaciones vagas. Una mujer sin más familia que unos sobrinos que vivían en A Coruña y que ingresaban el dinero de la estancia con toda puntualidad, sin pasado conocido, sin relaciones estrechas con el resto de los residentes, arisca pero nada problemática.
En un par de ocasiones se cruzó con ella por los pasillos. Al pasar, la mujer la miraba a los ojos, indefectiblemente, y esa mirada la retrotraía al día de la tormenta, con toda la carga de angustia y la sensación de que algo antinatural estaba sucediendo y de que la anciana era responsable de ello.
Un día, ya avanzado el mes de julio, la vio frente a la puerta abierta de su despacho, fija en la placa sobre la mesa que indicaba su nombre y cargo. Debía entrar en él pero no quiso molestarla. Para ser más exactos, tuvo miedo de dirigirse a ella, pues para atravesar el umbral debía pedirle que se retirara. Pero la anciana se volvió hacia ella al cabo de unos segundos.
–Mireia Merino Linares –declama el nombre que figura en la placa y su voz suena rasposa y honda mientras clava en ella sus ojos muy abiertos, parcialmente velados por la sombra de las cataratas.

No debería ser capaz de distinguir
las letras a esa distancia, piensa Mireia.
–¿Desea algo...? –inicia, dubitativa.
–Merino Linares –hace hincapié en las dos primeras sílabas de sus apellidos–. Merino Linares. No puedes ocultarte de mí, Myrddin Emrys, Merlín.
Mireia no entiende lo que la mujer está diciendo.
–¿Desea que la acompañe al salón, quiere que avise a un auxiliar?
La anciana se le aproxima, su mirada parece hielo sucio, acerca la palma de su mano a su pecho sin llegar a contactar.
–Te presentía, Merlín, los signos han hablado de ti –Mireia comprende que la interna sufre alguna forma de enfermedad mental, la toma por el hombro, intenta ser empática tal y como ha aprendido en los interminables cursos de liderazgo. Morgana se revuelve, tensa, temblando ahora de rabia–. ¿Llegaste a creer por un instante que me engañarías? –Escupe las palabras– No elegiste regresar bajo tu verdadera forma o como uno de los animales que tanto te gustan. He vigilado cada cuervo, cada mirlo, cada raposo que se me ha cruzado en este lugar de lluvia y moho. Nunca eras tú. Y vuelves en el cuerpo de una mujer… joven… ¡Maldito seas, Merlín!
Morgana siente hervir el odio en su interior. Las facciones armónicas de Mireia, Merlín ante sus ojos obsesionados, le pesan como la condenación a la que se ha visto sometida. Más, más aún, son la burla final de quien se creyó poseedor de la verdad, recto entre los rectos, noble entre los nobles. ¡Maldito hipócrita, maldito, maldito, maldito!
Mireia percibe la agitación en la mujer y siente miedo por lo que pueda llegar a hacer. El recuerdo del viento azotando su piel tensa sus músculos, altera su respiración.
–Si mi vida está ligada a la tuya –grazna Morgana, alejándose un par de pasos hacia atrás, erguida, desafiante. Parece haber recuperado su antigua estatura, su arrogancia, la distinción que hiciera de ella la doncella más atractiva de Ávalon–, seamos libres los dos, Merlín, libérame de este cuerpo muerto en vida, o muramos los dos.
A pesar de la fragilidad de su aspecto, las palabras de la anciana desencadenan el pánico en la directora, que mira a su alrededor en busca de auxilio. El pasillo está desierto, a lo lejos se oyen las pisadas de alguien que se acerca. Grita pidiendo auxilio, intenta echar a correr.
–¡No! –grita Morgana, enfurecida, obcecada, incapaz de ver que la mujer que tiene frente a sí no es su enemigo. Siglos de dolor la ciegan.
¡Poderes de la tierra, venid a mí!
Morgana extiende los brazos, se estremece de rabia.
¡Haceos uno conmigo, entrad en mi cuerpo, yo, Morgana Le Fay, os lo ordeno!
El suelo comienza a temblar con violencia, los cuadros colgados en las paredes caen, las lámparas se bambolean, el estuco de los techos se cuartea y se desploma a grandes trozos, Mireia pierde el equilibrio y resbala, quedando tendida en el suelo. Mira hacia atrás y confirma su horror: la anciana se encuentra en pie en medio del pasillo y dirige sus manos leñosas y su mirada demente hacia ella. Tiembla pero se mantiene erguida, parece a punto de quebrarse pero emana un resplandor que la hace temible. Entonces comienza a suplicar, balbuceante, mientras se arrastra en un intento por escapar de su vista.
Una auxiliar aparece por la esquina, sujetándose para no caer, gritando de miedo, por el otro extremo del pasillo aparece Secundino Gálvez, anadeando, desequilibrado.
–¡Todos fuera! –grita, entrando en el despacho con toda la rapidez de que es capaz– ¡Todos fuera, es un terremoto!
Las paredes continúan con su baile siniestro, las grietas se extienden por ellas. Suena la alarma de incendios, los gritos de los habitantes del centro de mayores, los ruidos de la gente corriendo despavorida y los muebles rodando compiten con ella.
¡Fuego del corazón del mundo, busca tu camino hacia mí, vientos de los cuatro puntos cardinales, conferidme vuestra fuerza!
Los jardines de Rosalía de Castro comienzan a llenarse de todos aquellos que pueden alcanzarlos por sus propios medios y que buscan donde refugiarse, acosados por las columnas y arcos que caen y la tierra que se abre ante ellos. El terremoto no tiene fin.
Un viento huracanado penetra por todos los rincones para arremolinarse en el centro del jardín, arrastrando a su paso cuanto encuentra. Los mayores caen al suelo, entre gemidos, algunos de los más jóvenes intentan abrirse paso hasta ellos para ayudarles, otros corren hacia la verja cerrada, en busca de una escapatoria.
En el interior de la centro de mayores, Morgana resplandece en su éxtasis de destrucción, su cuerpo ruinoso recobra parte de su antigua gloria. Sus brazos, que se agitan con temblores telúricos, ordenan la destrucción a su alrededor, sus cabellos vuelan libres, sus ojos refulgen con destellos de plata. Aspira con potencia de titán y Mireia se ve arrastrada hacia ella por una energía que no puede dominar, gira sobre sí misma, rueda por el suelo, siempre en dirección a la hechicera, grita, intenta asirse a cualquier punto que le pueda proporcionar un apoyo pero todo se escapa de sus manos, absorbido por la fuerza que emana de las fauces de la mujer.
Secun asoma por la puerta del despacho, desencajado. La tierra no ha dejado de temblar, el estruendo del aire que invade el edificio es atronador, el dolor se apodera de sus oídos, los miembros apenas le responden, aturdidos. Todo se mueve sin control, ve cómo la directora lucha por levantarse del suelo sin éxito. Inicia un movimiento de aproximación hasta ella, pugnando por avanzar en contra de los obstáculos que se van interponiendo en su camino, que llegan arrastrados desde todas partes del edificio, sillas, maceteros, cuadros, utensilios de cocina, ropas y papeles, como si el pasillo fuera el vórtice de un tornado.
Sin embargo, la tía Maruxa permanece estática, radiante, luminosa, dominante como una diosa terrible. Gira la cabeza hacia él y, con un movimiento imperativo de su mano, lanza contra él una ráfaga de viento helado que lo aplasta contra la pared. Intenta moverse, pero la fuerza que el aire ejerce sobre él es superior a la suya, deforma sus carnes, le impide respirar. El frío se hace insoportable, congela sus dedos, su nariz, cuartea su piel, la rasga hasta hacerlo sangrar agujas de sangre congelada.
Mireia se desliza hasta Morgana, que alza su pie y lo posa sobre su cabeza, exultante. La joven se resiste, con un gran esfuerzo levanta la cabeza bajo la presión del pie, la mira con los ojos inundados, el gesto descompuesto.
–Por favor…
–¡Deshaz tu maldición! –le conmina con voz de tormenta– ¡Libérame!
–¡No puedo! ¡No sé qué quieres de mí!
–¡Libérame o morirás conmigo!
–¡Por favor, déjame ir, dime lo que tengo que hacer, no sé lo que tengo que hacer! –las palabras brotan con dificultad, entrecortadas por el pánico. La presión del pie es cada vez más intensa, el rugido de la tierra y el viento la hacen casi inaudible.
–No me engañas, Myrddin Emrys, no puedes confundirme con tu aspecto. Los signos fueron inequívocos, las conjunciones, los prodigios, tu presencia bajo mi ventana. Y te presentas ante mí al día siguiente… –no baja la guardia, más bien al contrario, mientras enumera sus razones hunde más su talón contra el cráneo, aplasta la cara de la joven contra el suelo, mantiene en feroz movimiento aire y tierra– La nueva directora, la señora Merino Linares… ¿Creías que te burlabas de mí con tu juego, Merlín? ¿Escapaste de tu prisión para mofarte de mi desgracia?
La casa se remueve en sus cimientos, los gritos arrecian, algunos internos han sido abatidos por los objetos que se han desplazado de sus lugares, otros se acurrucan en rincones, aterrorizados e impotentes, hostigados por la fuerza del viento, las brechas que laceran la tierra se han tragado a otros.
–¡Libérame, Myrddin Emrys, sácame de esta prisión!
Alza su pie, se aparta un paso, la señala con el dedo en un gesto ascendente y el viento la empuja hacia arriba hasta dejarla en pie, rodeada, incapaz de moverse, como si una ligadura gigante e invisible la constriñera.
–¡Por favor!
Morgana la contempla, enfurecida, decepcionada. Sus ojos se vuelven de acero, su piel, blanca como el hielo que siente crecer en su corazón desengañado. Merlín no va a ceder, quiere apelar a su misericordia, agazapado tras las formas de esa mujer patética y suplicante.
–¡No! –ruge– ¡No! Si ésa es tu voluntad, si persistes en prolongar mi sufrimiento, el dolor que me ha afligido por siglos, morirás conmigo. He de romper estas ataduras que me asfixian.
¡Frío del Norte, hielos de la tundra polar, agua y nieve, hielo estelar, uníos a mí!
Que el helor de la muerte nos envuelva por siempre jamás.
El aire se satura de nieve, cristales de hielo se depositan en los cabellos de ambas mujeres, en sus ropas, entre los pliegues de sus arrugas, tan marcadas en una, apenas unos hilos en la otra. Sus carnes se hielan, sus huesos son columnas de cristal, todo a su alrededor se vuelve blanco.
Mireia grita de espanto y dolor, se trueca en estatua, retorcida en su último esfuerzo por escapar a un destino que no le pertenece, Morgana aúlla su amarga victoria.
Cuanto las rodea se cubre de nieve que de inmediato se convierte en hielo translúcido, los objetos y personas semejan insectos prehistóricos atrapados en ámbar azul, la hechicera se transforma en una roca helada, los brazos congelados en el que será su eterno gesto de poder sobre los elementos, el brillo blanco de sus ojos, para siempre fijos en la pétrea Mireia, compite con el del hielo que será su ataúd.

El viento ha cesado, la tierra está en reposo.
En el centro de la cueva del bosque de Brocelianda, Merlín añade una lágrima helada a las muchas que ha derramado en su cautiverio, únicas, insignificantes muestras de su antiguo poder.

El interior del Centro de Mayores Rosalía de Castro es ahora una cueva de hielo que acoge los cuerpos de cuantos no lograron escapar a la ira de la hechicera, sus jardines, terreno devastado, testigo de una guerra sobrenatural.
Más allá de los muros de la institución, el sol de julio brilla con calor de verano.
Fin