25 enero, 2011

Polos opuestos


Soy una mujer enérgica. No necesito más de cuatro o cinco horas de sueño para estar llena de vitalidad. Me levanto a las claras de la mañana para que el día no se me haga corto. Desayuno cereales con un buen tazón de leche. Voy corriendo al gimnasio a ponerme en forma, una hora, de lo que toque, da igual, todo lo movido me gusta. Al terminar, una ducha fría para endurecer la piel y, otra vez corriendo al trabajo, donde me esperan múltiples asuntos. El teléfono no para, de hecho tengo tres en mi mesa que continuamente suenan. Me gusta, me entusiasma tener la mente ocupada con varios asuntos, eso me pone las neuronas en forma, me agiliza el pensamiento y me hace probar mis capacidades todos los días. Almuerzo rápido en una bocatería, no es necesario nada más para seguir una jornada que se llena de visitas a clientes para ultimar negocios sustanciosos. Cada firma un nuevo éxito, cada propuesta un nuevo reto. Por supuesto, vuelvo a casa corriendo para no perder el ritmo. Si a lo largo del día ha surgido una cita con los amigos, que es cada dos por tres, motivo más que suficiente para ponerme impecable, vestirme con esa ropa que sabe realzar mi figura y, a pasarlo bien. Si cae un bailecito, mejor que mejor. Por último, de vuelta a casa me tomo cualquier tentempié. Me preparo una infusión para terminar el día con uno de mis hobbies preferidos, leer hasta que los ojos se cierran por puro agotamiento.
Soy un hombre tranquilo, necesito dormir bastante, yo diría demasiado para que mi cuerpo arranque, pero siempre a cámara lenta. El desayuno es mi comida preferida. Me tomo mi tiempo en preparar unas deliciosas tostadas. Saco el queso, el jamón, las aceitunas, siempre desayuno aceitunas, dicen que dan mucha energía, aunque yo no noto nada especial. Me doy un minucioso baño, la espuma que no falte, me afeito y me intento vestir lo mejor combinado posible. Evidentemente elegir la ropa lleva su tiempo. Con tranquilidad, sin estrés, cojo mi automóvil, aparco en el garaje, compro el periódico y me empapo de los acontecimientos del día, para estar bien informado y, en el almuerzo con los amigos, poder discutir cada asunto con conocimiento de causa. Después, la sobremesa, una buena siesta con batín y esperar que llegue la tarde con la tranquilidad de poder arreglar los asuntos laborales vía telefónica. Me encanta ver desde mi ventana el atardecer, deleitarme con las puestas de sol e incluso hacer fotografías cuando la imagen merece la pena.
Ambos chocaron en el portal. Uno salía corriendo, el otro observaba con parsimonia los pájaros que se habían posado en el árbol de la entrada. En ese instante, la mirada de ella se convirtió en un lento recorrido por su rostro y su cuerpo. El corazón de él se aceleró tanto que creía salirse del pecho.
No hay nada más cercano que dos polos opuestos.
Texto: Inma Vinuesa
narración: La Voz Silenciosa