14 febrero, 2011

Jasmin, ¡cierra los ojos!

Jasmin cierra los ojos, y hunde sus tiernos pies entre el barro y las piedras protegida por la suela con la que su propia anatomía defiende sus plantas: contra la hostilidad del suelo sus callosidades florecen, se amontonan, se curten y endurecen. Jasmin acaricia y es acariciada por las afiladas y verdes hojas del arrozal, sobrevuela con su mano abierta, sin miedo, el horizonte vegetal en el que brota el fruto que esas mismas manos recolectan con minucia cada mañana.
Jasmin avanza , silenciosa, solitaria, persiguiendo un rayo de sol con el que juega a asomarse entre las nubes, y del que se esconde entre la frondosidad del campo, así, una y otra vez. Jasmin se ríe, a carcajadas cuando siente la tibieza del sol en cualquier porción de su cuerpo delatando su presencia. Él es su amigo, su compañero observante desde el alba hasta las tardías horas de juegos, lejos de la aldea. Mientras los otros niños retornan a casa para descansar, Jasmin se pierde en el prado, ignorante de cualquier peligro al acecho.
Y el sol se pone, y anochece…
Jasmin cierra los ojos, y permite así que su cuerpo sea hundido en un camastro de paja, protegida por la suela con la que su propia mente defiende cada día su aniñado cuerpo y lo insensibiliza al dolor. Jasmin es acariciada, rasguñada, amasada en sus partes más íntimas y sensibles, por el afilado yugo de los hombres que la reclaman a cambio de unas míseras rupias, y en el mejor de los casos, de unos pocos dólares…lo poco que vale su infancia, arrancada de la falda de su madre y de su amada montaña.

Jasmin avanza, ahora ya silenciosa, a un destino incierto, a un abismo de enfermedad, la de su propio cuerpo y la de la mente de quienes la corrompen, y llora en ese mismo silencio al sentir la lacerante tibieza que la apoltrona día tras día en la sucia casucha de un mísero barrio de Bangkok, en la que una prostituta de cuarenta o cincuenta años más que ella, venga su orgullo propio, obteniendo así el precio justo de lo que también le fue robado hace ya cuarenta o cincuenta años.
La pirámide se equilibra, el círculo se cierra, el sol se esconde un día más…él, que fue su amigo, su compañero, observante ahora a través de una roída cortinilla de cáñamo, se deja ganar y la consuela alcanzándole sus rayos, de cuando en cuando, para devolverle algo de aquel juego ya perdido en los prados, pero aún vivo en el más cálido e impenetrable rincón de su mente, y le susurra:
Jasmin, ¡ cierra los ojos!

Texto: Michel Manuel Canet