11 febrero, 2011

Sonrisa de lirio desvaído

Después de aquel silencio de amanecer, le rodeaba el miedo como una sustancia fangosa que se le pegaba a su organismo. Por dentro y por fuera. Era una criatura que venía desde el pretérito y ya estaba frente a su mirada aterrorizada, como si el pasado hubiera dado un doble mortal con medio tirabuzón. Allí estaban sus ojos, su cabello, ese cuello largo y tan blanco y tan delicado, una obra de ingeniería cuyo fin era ser destino de caricias, ese pecho que tantas veces había recorrido como quien camina sobre la superficie de la luna, y ese vientre, levemente abultado en el lugar preciso, y ese vello cálido, cuna de sus besos, y esas piernas que servían como autopista para sus sueños. Cuando se confirmó que no había llegado el indulto, vio de nuevo la sonrisa que una madrugada convirtió en lirio desvaído.
Texto: Amando Carabias.
Imagen: El beso de Toulouse Lautrec.