23 junio, 2011

María Cabeza


Niña, tú te acuestas en la cama, que yo me quedo en el sillón.
Apenas alza la voz, pequeña y comedida, como toda ella.
Ochenta y ocho años de discreción, solo un par de ideas le rondan esta noche: que su hija duerma bien, en la cama, y que sus pájaros estén atendidos.
Ingresa de urgencias porque una infección mal curada se ha hecho fuerte en su pecho, pero nadie diría que está enferma, más aún, nadie diría que está en la habitación.
Duerme sin que se la oiga respirar, pide lo que necesita, pero sin estridencias.
Y, por la mañana, insiste en que su hija le coloque una pañoleta anudada bajo el mentón, sobre la que destacan los tubos del dispensador de oxígeno, porque tiene el pelo muy tieso y hay que estar curiosa. Y mantiene las medias negras aunque lleve el camisón ofensivo que unifica a todos los enfermos y se niega a comer la comida porque está desabrida. Y quiere regalarle a la auxiliar los justillos que lleva puestos, que tanto le han llamado la atención, y que ella misma cose porque los sujetadores dañaban su piel delicada.
Aún barre la acera de su casa
y se bandea por sí misma, aunque sus hijos siempre estén al quite, independiente, con el carácter recio de las que sobrevivieron a las calamidades de la guerra y a las obligaciones de una casa de familia sin las comodidades de finales del siglo XX.

Ochenta y ocho años de una vida invisible, como la de tantas mujeres de su generación, que ahora destaca como negro sobre blanco en el mundo estridente y uniformado de la habitación de hospital donde su presencia es una rara y afortunada coincidencia. Tan rara y afortunada como su deseo de pasar la noche sentada para que su hija se sintiera cómoda, que jamás olvidaré.

Texto: Ana Joyanes
Narración: La Voz Silenciosa