05 febrero, 2011

Orificio de salida

La bala, en tu sien, sin salida. Quieren apartarme del caso. Los puños, apretados, rígidos. Sin entrada. Es por mi bien, dicen, pero yo se bien que les importo una mierda. Cualquier excusa es buena para hundirme, incluso esta.
Consigo finalmente abrirte el derecho tras desencajar cada uno de tus dedos, se me quiebra alguno. Contengo mi dolor, debo hacer bien mi trabajo, no puedo darles motivos a esos pringaos para putearme, lo están deseando. Tienes un papel arrugado de arrepentimientos, perdones, despedidas, putas mentiras. En el otro, tu rabia ha dibujado cinco pequeñas hendiduras rojas en la palma. Me quito uno de los guantes blancos, no me ve nadie, necesito tocártelas, una por una, para que me cuenten por qué. Ahora es mía la rabia con la que aprieto los puños.
Ha sido ella, lo sé, aunque todas las pruebas apunten a tu suicidio. Es tu pistola, sí, pero no hay huellas. Nunca te marcharías sin decírmelo, sin darme instrucciones, tu eras así conmigo.
Esta jodida placa que me permite ser la primera en tocarte no ha podido salvarte la vida.
Te dije que no me gustaba, que había algo oscuro en sus ojos cuando me miraba, yo a ella tampoco. Al principio pensé que su distancia era una cuestión de rivalidad, que no acaba de creer que lo nuestro fuese sólo amistad, como te reíste cuando te lo expliqué, luego me diste un abrazo y seguimos trabajando. Y respeté tu deseo de no investigarla. Yo te lo respetaba todo.
Ha sido ella, estoy segura. Mira sus ojos como lagrimean de uno en uno, rítmicos. Mira su boca, esa mueca que está negando al llanto. Mira como me mira la hija de puta.
De repente, la bala sale disparada de tu otra sien y se incrusta vengadora en su corazón. Fluyen todas la sangres. Cesan todas las lágrimas.


Texto: Isabel Mª González Verdugo