15 febrero, 2011

Velocidad

Hace tres años que decidí empezar a correr, dejar atrás la monotonía y la pesadumbre y salir a las calles.
Cada vez voy más deprisa. Al principio iba fijándome en las caras de los que se paraban a mirar y sus rostros los guardaba en el bolsillo para no olvidar la alegría con la que me saludaban. Hasta que el bolsillo se rebosó de figuras y gestos y la rapidez no me dejó organizar mi espacio para seguir guardando.
Cuando estaba desentrenado, podía girar la cabeza y contemplar alguna imagen que mereciera la pena: los colores del amanecer, la luz de un día límpido, el saludo de un niño, algún beso escapado.
Ahora mis piernas no pueden parar, sigo corriendo con la inercia de la velocidad. Mis pies no responden a una orden ya olvidada. Hace tanto que no paro que no sé cómo hacerlo.
Voy tan veloz que ni siquiera me ven, ni siquiera me veo.