09 marzo, 2011

Irene quería volar


Irene quería volar. Cada día, cada hora, lo deseaba con todas sus fuerzas.
No quería volar lejos. No pensaba en huir de una ciudad y de una familia que adoraba. Ni siquiera deseaba escapar de la gente que la miraba y cuchicheaba a sus espaldas cuando paseaba por la calle, lenta y pesadamente, bamboleando sus enormes brazos al compás de su andar, bregando entre burlas y chanzas. Por supuesto que odiaba todo aquello, pero sabía que no era culpa de ellos. Sin lugar a dudas, la culpa era de ella por ser como era. Ella misma era la razón de toda aquella soledad y vergüenza. No podía ser de otra manera.
Con sus diecisiete años a Irene no le gustaban los chicos, ni salir con sus amigas como cualquier chica de su edad. Mejor dicho, a ellos
no les gustaba Irene. Ni siquiera a Irene le gustaba Irene. Por eso sólo soñaba con sacar fuerzas y desplegar las alas que sabía escondidas debajo de los kilos de grasa y volar lejos de sí misma, aunque sólo fuera unos metros que la separaran de aquel cuerpo que la limitaba y anclaba a aquella desdicha.
Un día, con tranquila determinación, caminó hacia la ventana de su habitación. Buscó fuerzas en el fondo de su ser y, sin pensar en su madre ni en su padre, sin pensar si quiera en su hermano que echaría de menos a la Irene de siempre, con confianza, sin demasiada tristeza, desplegó unas hermosas alas blancas y saltó al vacío.
Por primera vez en su vida se sintió ligera y libre como el viento. Por primera vez, se sintió feliz. Al fin había cumplido su sueño. Ya no notaba el peso de su cuerpo. Ya no oía burlas ni risas, sólo el aire en su cara y, batiendo con fuerza sus espléndidas alas, voló lejos de allí, lejos de sus diecisiete años de dolor y sufrimiento, mientras que en aquel suelo a los pies de la puerta de su casa, quedó la vieja Irene, como una cáscara vacía, junto a las lágrimas y lamentos de su familia que nunca la vio volar.
Texto: Carlos Q. G.
Narración: La Voz Silenciosa