25 marzo, 2011

Juramentos incumplidos

Aquel pitido infernal se aseguraba cada mañana de que Carlos se enterara inmediatamente en qué día se había despertado. En un día como hoy y en condiciones normales, no hubiera hecho falta tal recordatorio, pero la resaca era monumental. La victoria de su equipo de fútbol bien merecía una celebración por todo lo alto, aunque emborracharse un domingo tenía una gran desventaja: al día siguiente era lunes. Se miró al espejo y sus ojeras le parecieron dos puñetazos certeros. Sólo recordaba haberse jurado a sí mismo no tomar más de cuatro cervezas y recogerse pronto. Al menos, estaba seguro de no haber dicho nada a sus amigos.

El metro le recibió con la consabida prisa de todas las jornadas y con calor de máquinas humeantes. Vagón a tope de horas punta que despuntan en los ojos y bostezos de los viajeros. La vida seguía sobre el férreo carril a pesar de su dolor de cabeza y de su boca reseca. Vio un sitio vacío y pensó que, a pesar de todo, hoy podía ser su día de suerte. Se sentó y no pudo creer la imagen que apareció delante de él: una mujer ataviada tan solo con un corsé negro, medias y taconazos se lucía tras una enorme tarta. De repente, la estupenda señorita sacó unos cuantos globos de debajo del asiento y se puso a cantar cumpleaños feliz a pleno pulmón.

- ¡Hijos de puta! -exclamó.

Otro juramento incumplido la noche anterior: no decir a su amigos que al día siguiente era su aniversario.


Texto: Anabel Consejo
Narración: La Voz Silenciosa
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