05 marzo, 2011

Mi nada

Ni palabras vagando, ni pensamientos en mi cabeza, la nada absoluta surca mi mente como si montada en un pedo o viento de azucena mi neurona hubiese huido o escapado. Adivino que su ausencia y su rauda partida se deben, tal vez, al uso absurdo que hasta hoy le he venido dando.
¿Vagará la puñetera buscando, con ansia, un nuevo destinatario, alguien apto para hacer de ella un uso más adecuado? Ruego su devolución, si alguien la encuentra —pese a la magnífica sensación de no sentir ni padecer que me produce su ausencia—. En su defecto consíganme otra, aunque sea agonizante y esté maltrecha.
Al rato, algo o alguien llamó:



— Toc, toc, toc. ¿Hay alguien por aquí? —dijo.
Abrí los ojos, sin saber qué me estaba pasando, inquieto, a la luz del amanecer, mientras giraba mi cabeza a un lado y otro, buscando. ¿Quién formuló la pregunta? me dije un tanto perplejo, desorientado.
Incorporándome con pereza, salí de mi lecho de ensueño. Con la bata puesta, ojeando por la mirilla de la puerta. ¡Nadie parece haber llamado!, me repetí extrañado. Tal vez sea un sueño, seguí diciéndome asombrado.
— Toc, toc, toc. - De nuevo. Me giré raudo, evitando que se escondiese.
— ¿Quién eres maldita o maldito? -exclamé enfadado.
— Soy yo, lelo. Tu neurona y he regresado. -Oí decir. Suspiré entre un bostezo, sintiéndome otra vez "cuerdo".
— Podrías haber esperado a mi despertar -la increpé un poco cabreado, preguntándole luego:
— ¿Dónde has estado?
— Buscando lo que tú tanto añoras. Estoy harta de tus ruegos y tus lloros. He conocido un "neurono" y tengo un regalo para ti.
En el interior de mi mente rebotaba una "neuronita" que dijo, sonriente:
— Mami, qué vacío está y qué frío hace en esta mente.
— Sí cariño, su dueño anda entre la cordura y la locura aturullándose, maltratándose constantemente.
— ¡Promiscua! — grité, mientras ella tapaba los oídos a la criatura.
Supe entonces que la locura sería mi dicha, instalándose por siempre en mi mente y me sentí bien, extrañamente agradecido. ¿Quién desea cordura en esta "eternidad" caduca? El albedrío loco resulta mucho más gratificante que este absurdo sin vivir cuerdo, que hace tu vida presa, marchita.


Texto: Ramón María Vadillo Carazo