17 marzo, 2011

Paladares

"Albóndigas de marisco con salsa de berberechos, sobre emulsión de mostaza, aceite de oliva virgen y finas hierbas"

Leído así, en la lujosa Carta, no sonaba especialmente atractiva la propuesta culinaria. Sin embargo, hice acopio de valentía y arriesgué pensando que, en  un día de disfraces, nada suele ser lo que a simple vista aparenta .
Tampoco el aspecto del plato elaborado incitaba al consumo inmediato pero algo, presente en los colores y vapores que llegaban a mi  vista y a mi olfato,  estimuló de lleno la producción de jugos gástricos.
Con placidez voluptuosa pues, besé la redondez de las doradas bolitas con mis labios carnosos, antes de que desaparecieran definitivamente en la humeda cueva de mi boca, donde, evitando usar incisivos y caninos  para no estropear su forma delicadamente esférica de una dentellada, fueron deshaciéndose  suave y mansamente, regalándome  sabores marinos de agua salada , alma de crustáceos, algas insinuadas y el lejano recuerdo de los bivalvos de la Costa de la Muerte. La agradable sensación de los sentidos fue prolongándose mientras, blandamente,  la sustancia comestible impregnaba las papilas gustativas, fundiéndose con lengua y paladar, para mantener el delicado y sugerente equilibrio entre los diversos mares y la tierra.
Deglutido el manjar, mientras  lentamente se deslizaba por la garganta, el sabor y el aroma del enebro me iban elevando a estratos superiores.
Nunca tan poca materia alimenticia me había dado tanto juego. El vino ni lo nombro.