08 abril, 2011

Cinco Sentidos

El sonido del agua en su descenso vertiginoso río abajo amortiguaba la sinfonía de llantos y sollozos en que se había convertido su existencia en aquella tarde de primavera. Sentado en un banco de piedra a escasos metros de la orilla, trataba de animarse recordando los agradables momentos que habían pasado juntos, precisamente rodeados de aquel maravilloso paisaje, hacía apenas unas semanas. Pero cualquier intento por atajar esas lágrimas que humedecían su mirada era en vano. Se había quedado solo y eso no era fácil de asimilar, ni siquiera para alguien tan optimista y alegre como él. Pasaron las horas y la tarde languidecía entre nubes y los últimos rayos de un sol que apenas calentaba ya en el rostro. De pronto, se levantó un viento frío y desapacible, que le hizo pensar en que ya iba siendo hora de aterrizar de nuevo en un mundo injusto y cruel. Sin saber cómo, apareció por su lado izquierdo la figura de un hombre, saludó amablemente con un “buenas tardes” y procedió a sentarse en el mismo banco
que ya ocupaba él. Tras unos minutos en silencio compartiendo la incomodidad de la situación, la curiosidad superó al desánimo y, con cierto disimulo y bastante discreción, giró la cabeza para contemplar a la persona que había acabado con su soledad. Era alto y corpulento, con el pelo canoso y la vejez tatuada en cada una de sus facciones. Vestía completamente de negro, con un gran reloj plateado en su muñeca como único dato discordante en su monocromático aspecto. No supo adivinar muy bien el motivo, pero aquel individuo tenía algo de misterioso y a la vez entrañable, como si en realidad lo hubiera conocido hacía muchos años. El extraño compañero de asiento percibió sus indagaciones y, sin levantar la vista del suelo, preguntó con un áspero tono de voz: —¿Ha sido un día duro, verdad? Casi sin darle importancia y de manera inexplicable, decidió responder y no le pareció descabellado entablar una conversación con aquel desconocido tan familiar, que había aparecido de la nada en uno de los momentos más desgraciados de su vida.

—Bueno, se podría decir que los he tenido mejores…
—Es difícil asumir que uno ha perdido a la mujer de su vida…
—¿Cómo… cómo sabe usted eso?
—Digamos que, en realidad, yo he sido el responsable directo de lo que ha ocurrido
—No entiendo… ella ha fallecido por un tumor cerebral

—Lo sé. He venido desde muy lejos a buscarla, pues hoy era su día. En este negocio no hay prórrogas ni excepciones. Todo está programado de antemano y el momento señalado no se puede modificar…

El Ángel de la Muerte había hecho acto de presencia para arrancarle lo que más quería, su principal motivo de felicidad y de vida. Y no estaba dispuesto a darse por vencido de un modo tan sencillo. Lo miró directamente a los ojos, que en ese momento le parecieron oscuros y fríos; con la boca seca y preso del pánico, las palabras se asomaron al exterior con gran debilidad:
—Le suplico que me otorgue la posibilidad de poder recuperarla. Nos queda mucho por vivir y ni siquiera hemos disfrutado de un par de años juntos…

El silencio que prosiguió a su ahogada petición hizo más patente el ruido de la corriente de agua al saltar entre las piedras. Tras una mirada a su reloj seguida de un profundo suspiro, el siniestro personaje se puso en pie. Metió ambas manos en los bolsillos de su enorme abrigo negro y de uno de ellos extrajo un pequeño diamante, cuyo intenso brillo iluminó una escena que ya casi se desarrollaba en la oscuridad. Lo colocó en la palma de su mano y, manteniendo un aspecto serio y firme, le dijo:
—Lo que estás contemplando en mi mano no es otra cosa que su alma. Se la he arrebatado y me la voy a llevar, salvo que seas capaz de convencerme dándome una razón por la que aferrarse a la vida y disfrutar plenamente de ella.

Todo había cambiado a su alrededor; ya no se escuchaba el gorgoteo del agua y el frío había desaparecido, transformándose en un intenso calor que le quemaba hasta la garganta. Tuvo fuerzas para levantarse mientras su mente le daba vueltas a la respuesta a tan decisiva cuestión. No pasó mucho tiempo hasta que se decidió a hablar:
—No estoy seguro de cuál es el sentido de la vida ni por qué motivo nos encontramos aquí. De lo que sí estoy convencido es que la vida se disfruta con los cinco sentidos y todos ellos, sumados, me dan la fuerza suficiente como para seguir hasta el final. Debido a esto, te daré no una, sino cinco razones para convencerte de que sí vale la pena vivir mi vida y, de paso, recuperar la de mi gran amor: La primera, el olfato, para poder deleitarme cuando, de pequeño, volvía del colegio a mi casa y mi madre había preparado esa tarta de manzana y canela que perforaba mi cerebro con su olor dulzón y suave. De mi madre también recuerdo perfectamente su olor, a polvos de talco y agua de rosas, cuando me abrazaba con el cariño y ternura que tan sólo alguien con ese vínculo te puede ofrecer. La segunda, la vista; el número de paisajes sinfín que podría enumerar, pero hay uno con el que me quedo sin ninguna duda: la primera vez que contemplé el mar desde aquella playa de arena blanca, con su inmensidad y su mezcla de colores, con su misterio y capacidad de asombro; ese mar sin el que no supe enfocar mi vida desde entonces. La tercera, el gusto y el sabor del primer beso; ese beso único e inolvidable, juntando por primera vez tus labios con los de otra persona sin tener en cuenta qué es lo que sucederá en los siguientes mil años de tu existencia, pues en ese momento tu cuerpo desaparece y flota en un océano de despreocupación. La cuarta, el tacto de mi piel rozando la piel y el cuerpo entrelazado de mi amante y compañera, mientras sus brazos rodean mi cuello y sus labios susurran dos palabras que rozan mi oreja para acabar cayendo en lo más profundo de mi alma. Y por último, pero no por ello menos importante, el oído: el sonido del llanto de mi bebé, esa criaturita que todavía no ha nacido y que te llevarás también a ese lugar tan lejano si no consigo persuadirte, pues como ya habrás deducido, ella estaba embarazada de pocas semanas en el momento en el que llegaste para tu única visita. Todas estas razones me bastan para continuar la lucha en este mundo en el que ya no deseo viajar si ella se apea. Pero por si acaso no ha sido suficiente, recuerda: uno es lo que ama, no lo que le aman…

Se sintió mareado y sus piernas comenzaron a flaquear. Tras unos segundos constató que todo daba vueltas y su vista era una simple imagen borrosa de la realidad. Cerró los ojos para contrarrestar el vértigo y sintió cómo su cuerpo caía en un extraño vacío ausente de gravedad. Cuando, aturdido, abrió los ojos de nuevo, se encontraba en aquella playa. El calor del sol era soportable gracias a una leve brisa marina que levantaba remolinos en la blanca arena que lo rodeaba. Sintió una mano cálida sobre su hombro y, dándose la vuelta, escuchó una voz familiar que elevó sus niveles de adrenalina hasta el borde del infarto: “Mi amor, vamos a un lugar un poco más protegido; no creo que en mi estado sea muy conveniente tomar el sol tantas horas…” No pudo más que admirar su belleza y reparar en el diamante que, orgulloso y solitario, descansaba colgado en su cuello.


Texto: Miguel Ángel Díaz Fuentes