07 abril, 2011

Margaritas para mí, por favor

 

Solía preparar el equipaje cuando el viento cambiaba de dirección. Sacaba con mimo sus vestidos del armario, y mientras tarareaba en voz baja, los iba doblando y encajando entre las viejas paredes de su maleta favorita. Le gustaba también meter dos o tres libros, algunos leídos y otros no, y un frasco pequeño de colonia que nunca usaba. Incluso a veces, cuando el tiempo lo permitía, cortaba unas flores del jardín y hacía un ramo pequeño que colocaba luego sobre la pila de ropa. Entonces sonreía satisfecha, se alisaba la falda, y antes de cerrar la maleta, le daba por añadir unos cuantos caramelos para por si acaso. Luego se sentaba en la mecedora y con un platito de pastas
en las rodillas, dejaba transcurrir la tarde.
Algunas veces tardaba varios días en deshacer la maleta. La colocaba en un rincón para que no le estorbase mientras dormía, y al día siguiente volvía a colocarla en la misma porción de cama que había ocupado la tarde anterior. No la miraba entonces, sino que cocinaba un rato, o salía a pasear en bicicleta, y solo de cuando en cuando pasaba los dedos por su lomo caliente y recordaba que debía deshacerla.
Aquellos días, los que se alargaban en el tiempo, eran sus favoritos. Le gustaba pensar, mientras troceaba zanahorias en la cocina, que si se ponía el abrigo estaría lista para irse a cualquier parte. Nunca lo hacía, irse, pero le gustaba pensar en ello. Y mientras tomaba la sopa pensaba en si pesaría mucho o poco y en si le costaría arrastrarla por todos los lugares que quería visitar.
Quizás un par de libros más, o un sombrero, decía, metiendo la cuchara en el plato. Y el vestido azul. Sí, sin duda el vestido azul. Y entonces se levantaba, a medio comer, y corría hasta el cuarto para ampliar su maleta, para rebuscar en el armario y dar con aquellas cosas que de pronto le parecían indispensables. Y si no las encontraba, si por lo que fuera el vestido azul estaba en la cesta de la colada, rompía a llorar y ya no paraba hasta que llegaba la noche. Hasta que terminaba el ciclo y, por fin, un poco resignada, deshacía la maleta que con tanto mimo había preparado días atrás y volvía a su vida de siempre, a su sopa en el plato y a la sensación cruel de que nunca iría a ninguna parte.
Texto: Dara Scully.
Narración: La Voz Silenciosa