24 abril, 2011

Cuidado con los ratos muertos


Los trayectos en tren, las tardes perdidas frente a la tele, el hechizo del agua saliendo del grifo cuando ya hemos terminado de fregar, las esperas. SON PELIGROSOS.
Él la espera. Ella está terminando de servir los desayunos en la cafetería de la plaza: churros, chocolate caliente y pinchos de tortilla ultracongelada para los turistas; carajillos, vaqueritos y tercios para lo más granado del barrio. Los fines de semana termina de trabajar a las 12, pero siempre queda algo por hacer o llega un grupo en el momento del cambio de turno y acaba por salir más tarde. Él ya cuenta con eso y acude a su cita de cada domingo con 15 minutos de retraso. Pero hoy ha llegado antes, se aburría en casa y no le apetece mirar los puestos del mercado. Se los conoce de memoria. Así que espera.
Su cuerpo está correctamente aparcado


en un lateral de poco tránsito, donde apenas molesta. La actitud de su cuerpo no tiene porqué hacer sospechar a nadie, es claramente un cuerpo que espera a otro en una mañana de domingo. La gente se mueve a su alrededor, los vendedores gritan sus ofertas, uno le ofrece entre susurros y carraspeos un rolex bañado en oro. Pero él no contesta, parece no querer darse por aludido. En realidad ha iniciado un peligroso viaje de desconexión y no se sabe cuándo volverá. En algún momento, sin darse cuenta, ha dado un salto de cuarenta años. Se ha visto esperando así, en la misma posición, a aquella amiga que tuvo en el colegio y a la que nunca tuvo el valor de confesar su amor. Quizá cuando ella regrese de trabajar todavía lo encuentre así, y por más que lo zarandee y le grite él permanezca inmóvil, sujetando la chaqueta en su brazo izquierdo, con la mirada borrosa clavada en la camiseta de imitación lacoste del puesto de enfrente, y ella, finalmente, tenga que pedir ayuda y llevárselo a casa rígido, como un muñeco de cera. Puede que no quede mal junto al jarrón chino de la entrada.

Texto: Nashira Martínez Márquez.
Narración: La Voz Silenciosa.