04 mayo, 2011

Esta vez no


Sentada en la terraza de aquella cafetería frente al centro comercial, no le quedaba otra opción que no fuera la de esperar y esperar. El retraso era una seña de identidad en la persona con la que se había citado, pero lo de ese día rozaba ya la inmoralidad... Consumió su último cigarrillo segura de que su compañero de mesa no aparecería, cuando tras un grupo de turistas que admiraban apelotonados la fachada del edificio situado enfrente de ella apareció su objetivo, despistado y con ese aire de despreocupación que siempre le había caracterizado. Apuró de un trago el Martini que había pedido y se levantó para hacerse visible entre la bulliciosa maraña de sillas y mesas llenas de gente. Su figura no tardó demasiado en ser identificada por aquel hombre con aspecto de niño mayor.
Se saludaron de manera efusiva, un par de besos y abrazo intenso y duradero incluido, como correspondía al montón de meses que llevaban sin estar cara a cara. Tras unos minutos titubeantes
en los que ambos contendientes dejaron entrever las armas escondidas en su carácter, la tregua se implantó en el ambiente y, más relajados, se dejaron llevar por una conversación entretenida y amistosa.
La tarde transcurría de modo ameno entre anécdotas y recuerdos en común de un tiempo no demasiado lejano... al menos en sus mentes. Sin previo aviso y tras acomodarse en la silla, su aniñado protagonista clavó una mirada de fuego en la suya y optó por comenzar las "hostilidades":
-Tenía muchas ganas de verte... Siento haber perdido todos estos años, consumiendo mi impaciencia entre amores sin pasión, promesas ahogadas, besos sin "te quiero" y sonrisas camufladas. Quisiera retomar esa vida tan convencional y algo caótica que transcurrió a tu lado y en compañía de nuestros hijos durante los años que vivimos en París. No será lo mismo, pero puede ser mejor...
Una sensación extraña recorrió su espalda desde la nuca hasta la zona lumbar. Ahí estaba, sentada frente a un descafeinado ya casi frío y un órdago emitido en toda regla por alguien que, por incierto que pareciera, se había dignado a volver para quedarse. Apretó los puños con fuerza bajo la mesa y con todo el aplomo que pudo mostrar en ese momento se dirigió a él:
-También yo sufrí tus besos bajo el disfraz del desprecio y tus falsas sonrisas... Y los niños ya no recuerdan un momento en el que estuvieras con ellos, jugando, ayudándoles con la tarea, viendo una película en el cine. Desde hace algún tiempo vivimos felices y tranquilos; no quisiera caer de nuevo en una relación erosiva y degradante para todos. Porque sé que sucederá de nuevo... sé que tras esa expresión de chaval que no ha roto un plato se esconde un depredador feroz e implacable con todo lo que rodea su territorio. Prefiero mantener este trato cordial y aséptico con el que nos engañamos cada vez que nos vemos de nuevo. No será mejor, no tengo ninguna duda al respecto... más bien puede que sea igual.
Se levantó tras depositar unas monedas en el platillo con el papel del importe de la cuenta. Sus ojos se entrecruzaron una vez más. Unos metros y unas lágrimas después, se encontraba en un taxi, con su incertidumbre como único equipaje, camino al aeropuerto.
Texto: Miguel Ángel Díaz
Narrado por: José Francisco Díaz-Salado Suárez.