10 abril, 2011

No ha salido el sol


No ha salido el sol. Miles de luces alumbran la calle que se tiñe de un color amarillento. Diego aún duerme. Soñando. Viajando. Mónica se revuelve y se enreda. Mira el reloj. Siente frío. “Un poquito más…” Y se sumerge bajo la manta.
De repente amanece en forma de sonido. Por decir algo. Ruido espantoso que les saca del sueño y del calor. Mónica da un salto en la cama. Diego remolonea. Y tras el cristal las farolas siguen encendidas.

Empieza el día y ya no habrá calor hasta que sea de noche otra vez. Mónica y Diego intercambian alguna palabra. Se deslizan por los pasillos. La colonia. La corbata. Los tacones. Las llaves. El bolso. Olor a café. El timbre del microondas. La puerta se cierra. Silencio.
La jungla.

Diego se siente gris. Pero llega a la oficina y con voz firme da los buenos días. Observa su mesa con una mezcla de cariño y aburrimiento y se sienta. Comienza el desfile de saludos. Hola Diego. Buenos días. ¿Qué tal Tomás? Me muero de sueño. ¿Dormiste mal? No, estuve toda la noche viajando. ¿Viajando? Sí. Ah! Estupendo. ¿Tomamos café? Vamos.

Mónica sigue envuelta en las sábanas. Entra callada. Saluda. Hoy va muy guapa. A pesar del mal humor. Odia madrugar. Odia conducir. Sólo piensa en un café calentito. Que se lleve el odio y la marca de la almohada.

Papeles, teléfono y miran el reloj. Ahora pasan
las horas lentas. Y hablas por hablar. De cualquier cosa. Para que el tiempo pase.
Es la hora. Mónica sale a toda prisa aunque nadie la espera. En realidad, todos salen a toda prisa. Igual es por eso.

En la calle hace mucho calor y ya se vislumbra el consabido atasco. Ya se sabe. Hora punta. Música, primera, segunda, primera, segunda, freno, intermitente, primera, segunda. Mónica entra en casa y se descalza. Por fin.

Diego no sabe ni qué hora es, ni si llueve o truena. El ritmo siempre es frenético y el incesante barullo taladra sus oídos. Disfraza el hambre. Se marea. Más números. Cuando sale, la luna está tomando posición. Llave en la cerradura. Por fin.

El sillón llama a gritos. Pero hay que seguir. La compra, la lavadora, planchar,¿qué hacemos de comer mañana?, el aceite del coche, la farmacia, el zapatero, bajar la basura. La lista interminable de tareas en la nevera.

Ya es de noche y el sillón sigue gritando. Hay que cenar, saludable. Preparar la ropa de mañana, leer antes de dormir, escuchar música, ¿pensar?, ponerse crema hidratante, cepillarse los dientes, beber una infusión.

Mónica y Diego, no han hablado mucho. Frases sueltas. Todas domésticas. Cenan juntos ante el televisor.
Mónica se levanta. Diego se estira en el sofá con el mando como extensión de su brazo. Me voy a la cama, estoy muerta ¿vienes? No, voy a ver un poco la tele. Hasta mañana. Buenas noches.

Sola, en la cama, con la luz tenue de la lámpara, y el libro sobre el pecho, Mónica piensa.

Solo, en el sillón, con la voz susurrante de la tele y la manta sobre el cuerpo, Diego piensa.

Que están cansados. Que tienen miedo. Que esto no es vida. Que está lloviendo demasiado. Que es octubre y hace mucho calor. Que se necesitan. Que quieren abrazarse. Que falta mucho para cobrar. Que el buzón está lleno de recibos. Que todos los días son iguales. Que nadie conoce a nadie. Que hay demasiadas guerras. Que hay niños que se mueren de hambre. Que Mónica está en la cama. Que Diego está en el salón.

No ha salido el sol. Miles de luces alumbran la calle. Diego aún duerme. El despertador suena y Mónica se revuelve, se enreda y se despereza. Siente frío y se acurruca junto a Diego. Y siente calor. Empieza el día y las farolas siguen encendidas, pero cuando cierre la puerta y llegue el silencio, ya habrá salido el sol.

Texto: Belen Valiente
No ha salido el sol. Premio de Narrativa.
Narración: La Voz Silenciosa