18 mayo, 2011

Besos


De niño, cuando los labios se juntan y logramos hacer ruido, alegramos nuestro entorno contagiando sonrisas. Los desperdiciamos, los tiramos al viento, son motivo de espectáculo familiar.
A medida que la razón bloquea la espontaneidad, los besos se esconden detrás de la vergüenza y los damos a cuentagotas, siempre por un motivo, hasta que el placer del roce de una mano camina veloz al deseo incontenible de unir los labios por amor. Se convierten en la verdadera manifestación de los sentidos: largos, húmedos, apretados y hambrientos.
El tiempo los suaviza y la pasión
de la juventud se convierte en la inteligencia del saber. Se transforman en lo que verdaderamente nos gusta, un roce sensual, una inocente mordida o un suave comienzo.
Cuando la vejez nos asusta, la mejilla es la protagonista. La boca del compañero se convierte en refugio de palabras y sólo se dan a escondidas, con la oscuridad tapando ruidos.
Cuando morimos, nuestros hijos se despiden con los mismos besos que un día lanzábamos al viento. Al final terminamos recogiendo lo que siempre fue nuestro.