15 mayo, 2011

Calmosa presencia

Mi abuela vivía en un piso al lado del nuestro, al terminar la tarde, solía tocar a la puerta dando golpes débiles e inconfundibles con la punta recauchutada de su elegante bastón. Parecía querer evitar que el sonido estridente del timbre de mi casa violentara su calmosa presencia y que los nudillos de sus dedos, tan frágiles, pudieran quedar más quebrados de lo que estaban. La invitábamos a entrar entonces, y dando pasos de pantuflas se instalaba en la cocina muy a gusto allí esperando a que todos, el resto de la familia, fuésemos apareciendo a la hora locuaz de la cena.
Texto: Dácil Martín