22 mayo, 2011

Milagro


Había que inscribir a la pequeña en el INSS y para ello se dirigían los tres, madre, padre e hija recién nacida, a las oficinas correspondientes. Él, gafas negras y opacas, bastón blanco en la mano derecha utilizado hábilmente para irse abriendo camino y una manera de hablar pausada que lanzaba las palabras al infinito buscando llegar al interlocutor, hizo su entrada en el despacho con la niña pegada a su pecho, abrazándola con un esmero no exento de temor. De vez en cuando inclinaba su cabeza hacia la cara de la pequeña para rozarla, tal vez escuchar su respiración inaudible o sentir su olor. A pesar de su agilidad y la desenvoltura con la que se movía, era evidente su ceguera. La esposa, delgada –casi invisible- y muy joven, le insinuaba el camino con paso suave, asiéndole tiernamente por el antebrazo.
Ambos sonreían, ella discretamente, él con un gesto beatífico cercano al éxtasis. La niña simplemente dormía y de vez en cuando emitía pequeños gorgoteos de satisfacción.

-Tomen asiento, despacio que no hay prisa –les animó la funcionaria al verles llegar.
-Gracias, muy amable – susurró la mamá,  a la vez que los otros dos se acomodaban con parsimonia, sin dejar de ser achuchada   la pequeña, ni cambiar el gesto de satisfacción el papá. 
-¿Me permiten unas preguntas sencillas para rellenar los formularios? –continuó con su trabajo la persona que les recibió.
-Por supuesto; todo oídos –respondió la pareja casi al unísono. Mientras,  el hombre mecía, ahora con los dos brazos, a la personita que le tenía casi en trance.
-El nombre de la pequeña es Milagros ¿verdad?.
-No, no, Milagros no –replicó el padre como una exhalación –Se llama Milagro, sin la ese final. Nuestra hija es... un milagro.

Ella acarició levemente la mejilla de su esposo. Se respiraba armonía. Una luz casi mágica, que la mirada vacía del invidente parecía irradiar, ocupaba la atmósfera del despacho. Nadie habló durante varios segundos. Al cabo de los mismos, visiblemente emocionados, reanudaron la entrevista; en seguida quedó finalizada la tarea que les había llevado hasta allí.

Al terminar, la funcionaría les acompañó hasta la entrada y les despidió con amabilidad. Después, mantuvo cerrada la puerta unos instantes antes de reanudar su trabajo; tenía que absorber la increíble sensación que flotaba en el aire, el pedacito de cielo que se había quedado con ella. 

Autora: Ángeles Hernández Encinas.