17 mayo, 2011

Pasión

Pasión.
Con esa palabra, se podría acabar un comentario que, tal vez, no hiciera ninguna falta. Pero, perdonadme el atrevimiento, voy a comentar la novela de Ana Joyanes Romo, Sandre y fuego.
Engancha.
Verbo principal. Desde la primera línea, pues el hecho de abrir la acción en Vallecas, 1994 y, dos páginas después, encontrarnos en el castro de Albing, 175 d.C. ya da una sensación vertiginosa, una necesidad de saber cómo y por qué. Ana sabe manejar estos interrogantes, juega con ellos, con nuestra curiosidad y nos arrastra por el tiempo y la historia para descubrirnos hasta dónde puede llegar el amor, mejor dicho, la pasión. Sin límites, sin reglas… Todo vale si de pasión hablamos.
Sin prejuicios.
Mientras la leía (tengo la manía de llevar conmigo siempre el libro que estoy leyendo en ese momento) un compañerome dijo que una novela de vampiros (antes le había comentado de qué trataba) era siempre lo mismo. Fui muy diplomática al contestarle que dependía. Por supuesto que depende. Si
el autor imita a Bram Stoker o a Anne Rice o a los vampiros adolescentes sí puede resultar una novela trillada, manida, con los mismos tópicos de siempre. Pero Ana sólo utiliza estas referencias como antecedentes, elige los ingredientes –para que la trama sea vampírica, por supuesto- para cocinar su propia receta, como la cuada, como la bruja. Y construye un vampiro nuevo, diferente, tan distinto que, al final, resulta ser un ingenuo a pesar de su bestialidad. Sin miedo a que la encasillen, Ana se lanza a explicarnos qué hay más allá de la muerte, qué es lo único que perdura después de que el corazón deje de latir.

Me atrevo a decir que en estas dos cuestiones (ingenuidad en la bestialidad y lo que hay más allá de la muerte) radica el secreto de esta novela, de esta historia de pasión sin límites, pasión que necesita otra dimensión.
Dejaros llevar por el ritmo trepidante de esta historia, por sus momentos de furia, de desenfreno, por el punto gore, por las entrañas y el alma siempre a flor de piel. Por la sensibilidad, que hay mucha, mucha.
Hacedme caso.