06 junio, 2011

El tiovivo de los recuerdos


Escuchó el quejido angustioso de las bisagras sedientas y sintió los pasitos sin querer pisar de Consuelo acercándose. Cerró los ojos y permaneció en la actitud de demolición inminente que tanto resultado le había dado desde que descubriera años atrás que cerrando suavemente los párpados y desmadejando el cuerpo, nadie se atrevía a importunar su aparente oportuno sueño. Era mucho más eficaz que el cartel de "NO MOLESTAR" colgado en el picaporte de la habitación de hotel de unos recién casados.
Sintió el roce sin tacto
de la mirada escrutadora de Consuelo y esperó pacientemente a que se diera por satisfecha con su oteo. Oyó los pasos desandados y el gemido de náufrago en apuros al cerrarse la puerta. Se contentó con la nueva burla de su caparazón invisible de tortuga vieja. Había capeado de este modo toros que jamás hubiese podido lidiar de otra manera.
Volvió entonces, sin temor de intrusos, a galopar en su mecedora de insomnios donde evocaba e invocaba los pretéritos pluscuamperfectos que aún quedaban a salvo de la carcoma de sus recuerdos. El butacón que en otro tiempo reinaba en el salón de las visitas y en el que se habían posado ilustres posaderas, era ahora por el uso y el abuso, una antigualla de trapero, tapizada de terciopelo terco al tiempo, atormentado por no recordar el color de su primitivo tinte. Las patas de balancín sin embargo, pasto de generaciones de polillas sin escrúpulos, habían sido remendadas tantas veces que los distintos y dispares pedazos de maderas imbricadas le deparaban un aire de modernez extravagante que el terciopelo, siempre adusto, consideraba una infamia de desdicha. - ¡Mi mecedora mil leches! - la llamaba su dueña al no recordar cuántos y cuáles carpinteros habían chapuceado el deterioro del querido silloncito. El caso es que, ébano aquí, pino allá, era el transporte inmóvil de su cabeza sin bridas.
(Continúa)
Texto: Teresa Liberal Lodeiro.
Narración: La Voz Silenciosa.