13 junio, 2011

EL tiovivo de los recuerdos (3)


Arropadita en su cama volvió en sí, con fondo sonoro de palabras mullidas; al otro lado de la habitación, el médico susurraba al oído de Consuelo y a juzgar por el rostro cariacontecido de ésta debía de haber algún enfermo en la casa.
Se incorporó preocupada y tras saludar con respeto al doctor - Mucho cobrar y poco obrar, como decía madre – preguntó aprensiva si la pobre sirvienta estaba aquejada de algún mal:
– No se preocupe Doña Soledad, Consuelo está hecha un roble, es usted la que nos ha dado un pequeño susto-.
Al apercibirse de los ojos espantados de la enferma, añadió:
- Nada, nada, unas pildoritas y como nueva.
Cuando pudo levantarse sin ayuda, decidió

poner fin al conflicto externo del enemigo invisible y concentrarse en el bandolero de trabuco en mano y mula torda que hurtaba al descuido sus apreciados recuerdos. Se encaminó al patio del armisticio y arrió con solemnidad de militar degradado la bandera deshilachada y blanca, que aún tremolaba desenvuelta.

Se sentó a la mesa de la cocina esperando encontrar el desayuno de siempre pero esta vez, en el platito de las galletas de navegar en el mar de café con leche, encontró unas pildoritas blancas que miró con recelo.
Preguntó a Consuelo por su descubrimiento inesperado y recibió una confusa perorata que parecía relacionar su fuera de sí, de días anteriores, con el - Si no se las toma volverá a ensimismarse sin estar en sí misma-. El caso es que tantos sies condicionales y afirmativos juntos, hicieron que callase por si acaso y sí se tomó sin rechistar las dichosas pastillitas.
Encerrada en su habitación se dejó caer con tedio en su sillón preferido, escapando de éste algún que otro gemido de dolor en los muelles vencidos de orín. Frente al ventanal donde se sentía como la reina de los mares, ya que su padre en un alarde delirante de arquitecto suicida construyó la casona al borde del acantilado, donde se estrellaban las olas que morían matando, como si de un nido de gaviotas se tratase; reflexionó aturdida sobre todo lo ocurrido en los días precedentes y decidió, como recurso extremo, poner proa al viento de sus desvaríos y aprovechar los restos del naufragio de su maltrecha memoria para recomponer la roída colcha de su inconsciencia con los retazos aislados de su consciencia de navegante a la deriva.
(Continua…)
Texto: Teresa Liberal Lodeiro
Narración: La Voz Silenciosa