14 junio, 2011

Desde Segovia, crónica sui géneris de una presentación.

Puesta de sol sobre la Catedral de Segovia. 9 de junio de 2011 (Foto Francisco Concepción)


Veinticuatro horas después de la presentación y posterior acto de firmas de Oscurece en Edimburgo en Segovia, los dedos del sol se habían tornado de color ágata de fuego y acariciaban la piel de mi Esbelta Dorada, esa prodigiosa torre de la catedral de Segovia. A mi lado, las miradas de Francisco Concepción, Ana Joyanes, Dácil Martín e Isolda contemplaban cómo la piedra caliza recibía ese abrazo hasta convertirse en ascua toda ella. ¿Dos minutos? ¿Algo menos? ¿Algo más? Un instante en que el prodigio se eternizó para siempre en nuestra memoria… A mí me faltaban personas a mi lado. Pensé en
Inmaculada Vinuesa, en Anabel Consejo, en Marcos Alonso… ¡Ay si hubieran estado, la dicha hubiera sido tan completa que no sé qué habría podido ocurrir! Y también eché de menos a tantas amigas y amigos que han estado a nuestro lado durante estos meses, poco más de catorce, desde que iniciamos la loca aventura que hoy tiene forma de libro y se titula Oscurece en Edimburgo. María Sangüesa y Ángeles Hernández se habían acercado a Segovia la víspera para acompañarnos, y también deseé que nos acompañaran, y clavé con chinchetas en mi memoria los rostros de Catherine, Flamenco Rojo, María, Mercedes Pinto, Pilar Aguarón, Marián…, en fin cuantos hicieron posible que toda la travesía llegara a buen puerto, aunque aún la travesía tenga que alcanzar otros hitos en su viaje cuyo rumbo es aún un misterio.

Aún no habían pasado veinticuatro horas, repito, desde que cerráremos nuestros respectivos bolígrafos, después de haber firmado un buen puñado de ejemplares de la novela a unos cuántos lectores que se habían acercado hasta la caseta que la Asociación de Libreros de Segovia tiene instalada en la XXXVI edición de nuestra casi íntima Feria del Libro.

En plena faena (Foto Ángeles Hernández)
Mientras rubricábamos ejemplares, por tres veces me preguntaron tres libreros (Eva, Miguel, María) ‘¿Qué ha pasado en la presentación del libro…? Algo ha tenido que suceder pues es extraña tanta expectación…’

Así es difícil concentrarse (Foto Marián)

* * *
A las tres menos cuarto de la tarde del día ocho de junio, por fin el sol rasgó la tupida consistencia de las nubes que pertinaces e impertinentes habían entoldado nuestro cielo. Ya estábamos en la Estación de Autobuses de Segovia Isolda, María Sangüesa y yo mismo esperando la llegada del autocar que procedente de la Estación de Príncipe Pío de Madrid, tras recorrer algunos pueblos de la sierra, arribaba en la ciudad. Y allí, a la vez que el sol, aparecieron Francisco, Dácil, Ana. Felices y cansados nos abrazamos, pues desde el mes de octubre pasado en Zaragoza no nos habíamos vuelto a ver.
Como me dijo Francisco nada más verme, se me notaba excitado. Cómo para no estarlo. Cuatro horas después íbamos a presentar en mi tierra esta novela. Toda una responsabilidad, toda una alegría.
Y no, no hablamos nada de la presentación, casi nada, salvo cuando nos cruzamos y saludamos al Presidente de la Obra Social y Cultural de Caja Segovia, que ha facilitado toda la infraestructura del acto. Fue una casualidad propia de las malas novelas, según algunos, por poco creíble; pero sucedió y para que todo parezca una idea de un guionista a quien la imaginación no le conduce nada más que a los territorios trillados, el encuentro se produjo a los pies del Acueducto. ¿Hay algo más tópico en Segovia? El Acueducto, el Mesón de Cándido, el punto de información del movimiento 15M con sus pancartas tendidas al sol desde lo alto de la Terraza de Santa Columba, los turistas japoneses atrapando en sus máquinas los latidos del costillar de la serpiente gruesa que diría el Arcipreste de Hita…
Tras una comida menos rápida de lo previsible, hubimos de apresurarnos un tanto. Empecé a temer que llegaríamos tarde a la propia presentación de nuestro libro, lo que sería calamitoso; pero estas cosas supongo que las piensa quien está tan excitado y con tantas ganas de ofrecer lo mejor a quienes han volado desde Tenerife para presentar un libro en esta ciudad que, aunque algunos lo escriban, y a veces lo parezca, ni es tan levítica, ni es tan mortecina, salvo que uno la visite en el más duro invierno.
El reloj no detenía su paso, y poco a poco iban llegando a la Sala de Caja Segovia conocidos, familiares, amigos, saludados y hasta desconocidos. Ángeles Hernández, a esas horas, ya estaba también con nosotros. Se había cruzado media Península, desde mi adorada Asturias para estar con nosotros. Estas cosas creo que conviene resaltarlas, sólo por una razón, porque demuestran un cariño tan impagable que no se me ocurre mejor modo que haciéndolo público.

Instantes antes de comenzar el acto (Foto El Adelantado)
Tras la sonrisa de Ana, Guillermo Herrero se dirige a la mesa
(Foto Ángeles Hernández)

Guillermo Herrero, el historiador y periodista de El Adelantado de Segovia, fue el encargado de conducir el acto. En ningún momento tuve dudas de que debía ser él el encargado, pues fue el primer periodista que publicó en un diario de papel la existencia de esta historia, pocos meses después de haberse iniciado. Gracias a él, varios convecinos han estado pendientes de esta novela, tal y como me han demostrado con algunas preguntas. En las semanas precedentes, abusando de confianza con el resto de compañeros escritores, sin consultarlos, le di total y absoluta libertad para enfocar el acto como se le ocurriera. Concretada la presencia de cuatro de los siete autores en el acto, decidió que tenía que parecerse a la esencia de la propia novela: algo coral, puesto que las 7 plumas han escrito en igualdad de condiciones y en total ausencia de preponderancia las páginas donde se encierra una historia que mezcla –como en la propia vida- pedazos de misterio, trozos de amor, esquirlas de desamor, retales de sexo, jirones de muerte, trozos de acción, fragmentos de soledad, gajos de sufrimiento, raciones de ironía, eslabones de codicia, muestras de corrupción…
Guillermo, con el oficio del periodista acostumbrado a condensar el pensamiento al máximo, en tres párrafos contundentes destacó lo que para la mayoría de los asistentes al acto era una novedad. Algo que, sin embargo, para los lectores de este blog, no lo es, pues mucho se ha hablado de estas cuestiones: siete autores, escritura colectiva sin ningún tipo de preparación previa, publicación abierta a la opinión de los lectores que, de hecho, podían influir –e influyeron- en varios detalles de la trama… Es decir una auténtica innovación respecto de los elementos más tradicionales de la escritura de una novela…
Y a continuación, tras escuchar en la voz honda y magnífica del ya buen amigo José Francisco –La Voz Silenciosa-, el capítulo segundo de la novela, para que los asistentes al acto entraran en materia, comenzó una entrevista, una conversación entre Guillermo que nos preguntaba y los autores. Él, Guillermo Herrero, tuvo la habilidad y sabiduría profesional de camuflarse, por así decir, en la escena, como buen periodista –no todos lo son- su labor era otorgar protagonismo a los entrevistados (en este caso nosotros cuatro) a través de las preguntas apropiadas que, normalmente, suelen ser la más obvias.

Un momento del acto, ante la atenta mirada de Marcos Alonso
(Foto Marián)
Repetirlas en este blog es un poco redundante, pues, insisto, mucho se ha hablado al respecto: cómo nació esta experiencia, qué problemas ha habido, cómo se fue cosiendo la trama, si es más sencillo escribir en solitario o en grupo, cómo se consiguió el ensamblaje de las diferentes voces, cómo han influido los lectores, el tipo de presión que teníamos cada autor cuando nos llegaba el momento para escribir, si alguno hemos pensado durante el tiempo de escritura abandonar la nave, cómo influirá la presencia de Internet en la literatura, y no sólo en el soporte en qué se lean los textos, etcétera, etcétera…
Mientras Guillermo preguntaba, mientras escuchaba las respuestas de mis compañeros, contemplaba los rostros del público. Y en la inmensa mayoría veía cómo el grado de interés se aposentaba en el gesto. Yo diría que nadie se estaba aburriendo allí dentro. Salvo a nosotros mismos y cinco o seis personas de la sala además de nuestras tres amigas que se habían presentado desde Madrid, Oviedo y Málaga, para el resto, todo era nuevo, por tanto yo diría que atractivo. Es verdad que uno jugaba en casa, y que a este tipo de actos suelen ir personas que están a tu favor, pero aún con esa salvedad, me percataba con certeza absoluta que estábamos sorprendiendo.
Incluso tuvimos tiempo de comentar el contenido de la novela, de la historia que anida en sus páginas y que espera a nuevos lectores, esa búsqueda de Sophie que en realidad es una búsqueda de sí misma, una lucha feroz por la libertad que sólo conseguirá cuando encuentre la respuesta a la pregunta que lastra su vida desde el día en que ocurrió la catástrofe de la desaparición de sus padres.
Todo esto pasó en la sala, en realidad pasaron muchas cosas más, porque allí estuvieron presentes también quienes no pudieron estarlo físicamente, y pasó la complicidad que se ha generado entre nosotros. Y eso se notó desde el primer momento, desde el instante en que, por ejemplo, presenté a mis amigos a mis padres. Uno se fija en esos detalles para comprender que no vive un sueño.
Instante final de la presentación (Foto Ángeles Hernández)
Y claro con estos mimbres y con ese sabor de boca, con algo de retraso, pues hubo que saludar a unos y otros, pudimos llegar a la Feria del Libro, a pesar de su proximidad.
Los libreros acabaron encantados con el rato que pasamos en la caseta, pero no todo concluyó allí. Había que seguir atando cabos y los fuimos atando ya en la fiesta. A pesar de lo que me temí, no me llegó el cansancio, el desfondamiento. Por el contrario, poder contactar con nuestros compañeros de aventura y con otros amigos a través de los teléfonos fue otro momento muy especial. Allá en Lérida, en Tenerife, en Las Palmas, en Málaga, en Sevilla había personas esperando nuestro resumen; pero creo que más que nuestro resumen esperaban descubrir el tono de nuestra voz. Poco les importaban las palabras concretas, era fundamental primero comprobar que de nuestra garganta brotaba la ilusión y la alegría. Tres de los libreros nos acompañaron en el bar, y allí es como si hubiera continuado la entrevista de Guillermo. Como ellos no habían estado –lógicamente- en el acto se repetían las preguntas, la curiosidad.
María Sangüesa había partido en el AVE camino de Madrid poco antes de finalizar la firma. Luego, unas horas más tarde, Ángeles volvió a atravesar la Península hacia el norte. Pero el resto aún teníamos ganas de seguir de cháchara. Tanto que decirnos desde la última vez…
Y al día siguiente la inmensa gozada de poder explicar las cosas que uno sabe de esta ciudad y compartir la amistad. Es difícil coincidir, y por ello hay que aprovechar al máximo el tiempo, estirarlo, ahondarlo, ensancharlo, ocuparlo sin perder ni un minuto.
Sé que lo que antecede tiene poco o nada que ver con una crónica al uso, quizá sea mejor que leáis la que Ángeles Hernández ha dejado aquí mismo en La Esfera, pero no me es posible escribir sobre este acto, sin escribir sobre todo lo demás. Y aún así me dejo en el tintero lo que importa, la verdadera esencia nutritiva de estas cuarenta y ocho horas: disfrutar de la amistad con la conciencia clara de que es verdaderamente lo que sacia el hambre del corazón, tal y como ya ha demostrado Dácil Martín en este texto.

7 plumas en Radio Cuarte, Zaragoza, octubre 2010
(Foto Pilar Aguarón)