16 junio, 2011

El tiovivo de los recuerdos (4)


Inventó para sí misma un pasatiempo donde ella era la única usuaria. Se imaginó vestida con el traje blanco que sólo usaba en las mañanas de misa de domingo, cuando sus padres la columpiaban asiéndola cada uno de una mano, para que no se ensuciara los zapatitos nuevos con el barro de los charcos. Se imaginó subida al tiovivo de la feria del pueblo, con sus caballitos de mar irisados de colores imposibles. Se imaginó con los bolsillitos de su traje de puntillas rebosantes de moneditas brillantes, para pagar cada viaje sin tener que apearse y suplicar a papá dinero para una vuelta más y no perder el sitio de su caballito preferido nunca más.
En la primera vuelta vio a sus padres sonrientes, diciéndole
adiós con la mano. La segunda vez que pasó por el mismo sitio vio a su querida hermana Esperanza, con sus trenzas de cintas de arcoíris. A la tercera sólo vio a madre, con la triste niña de la mano, enferma como ella de orfandad y con ojos morados de desdicha. A la cuarta, cuando el vértigo de la espiral permitió que fijara la vista , ya Esperanza no estaba - ¡Ah, sí !- se había fugado con el montador de los toldos del circo, que en su tiempo libre montaba muchachitas dulces para no perder las mañas del oficio. En la quinta pudo ver con ojos atónitos a su madre sobre la cama de novia, con sabor a poco, amortajada con el hábito dominico y con el rosario de azabache de la abuela entrelazado en sus dedos de difunta prematura con la terquedad de la hiedra venenosa. A la sexta ella lloraba lágrimas de náufraga desamparada con la razón perdida. Cayó del tiovivo en marcha al soltarse la brida de dura seda que la mantenía sujeta al caballito de suave cartón piedra.
Al despertar del mal sueño, Consuelo estaba allí, sosteniendo su mano con ternura y sonriéndole suave y en silencio. Pasaban así las largas tardes de otoño, cogidas de la mano y con el monólogo discreto de la servicial Consuelo, que señalando con el índice las cosas de la habitación, silabeaba despacio sus nombres, para satisfacer la curiosidad sin límites de su señora enferma de olvido crónico.
Uno de esos tantos atardeceres, de sol moribundo y luna en pañales, Soledad miró sus manos sutilmente entrelazadas a las de Consuelo con absoluto reparo. No entendía por qué su mano pequeñita y blanca se perdía por completo en la mano de Soledad, descomunal y morena. La recordó como la mujer de apariencia frágil que había sido siempre, en contraposición con su robustez de buena crianza. La inquirió por el sorpresivo hallazgo y ella se tomó todo el tiempo del mundo en responder la pregunta de toda una vida dedicada a desvivirse:
-La naturaleza que es sabia señorita, cuanto más grande es consuelo más pequeña es soledad.

Texto: Teresa Liberal Lodeiro
Narración: La Voz Silenciosa