17 julio, 2011

Chirimiri


Una tarde de esas que el chirimiri empieza a mojar las cabezas poco a poco, donde las carreras por resguardarse hacen de las suyas y provocan resbalones en el pavimento mojado. Ese húmedo día, su primo se cayó cuando pretendía llegar el primero a casa, escalando y haciendo funambulismo por la baranda de la escalera verde, esa que estaba frente por frente al portal.
La cabeza rebotó en el asfalto y el ruido ancló a todos, como si se les hubiese cortado la respiración, como si el mundo se hubiese detenido en ese instante.
Empezó a vomitar caños imparables, los ojos se revolvieron sin dirección ni tino, la cara se le transfiguró y el color de su rostro dejó de tener vida.
Ella estaba asustada, mucho, contemplando la escena, paralizada. Su tía llorando desconsolada pidiendo a gritos que llamaran al médico del pueblo, intentando no tocar mucho la cabeza de su niño por si la descomponía más de lo que ya se vislumbraba. La gente se empezó a agolpar alrededor de los dos, todos terminaron recibiendo el frio calado de las pequeñas gotas de lluvia y de la indefensión que producía ver aquella criatura convulsionar sin parar.
Nunca fue más un niño, ni un adulto, ya no fue sino un desconcierto incierto para todos. No volvió más a la plaza, no volvió más a jugar. No volvió…


Narración: La Voz misteriosa