17 julio, 2011

A-roma

Su a-roma me llevó a buscarlo a la terraza, había servido la mesa con bollos y fruta. Su voz matinal sonaba ronca, resultaba graciosa oírla alentándome a tomar un descafeinado. Lo compré para ti, me confesó. Relvolví la leche manchada de aquel polvo hasta disolverlo. Y desapareció dejándome sola unos instantes para luego volver con un libro de poemas. Leímos uno que le gustaba sobre un café y una pareja que se acaba. No, no es un presagio, me dije. Terminamos el desayuno asomados al balcón compartiendo muy juntos un cigarrillo, mirábamos a la gente pasar y a las nubes en aquel azul intenso espejo de nuestro a-roma.

Texto: Dácil Martín