16 julio, 2011

Tatuaje


Sabes a menta –Pasó la lengua por sus labios entreabiertos, recogiendo las últimas gotas de sudor.
Y a caviar –Depositó minúsculos besos por el contorno del mentón hasta alcanzar el hueco bajo el lóbulo de la oreja–. Y a chocolate amargo…
Su aliento le provocaba húmedos escalofríos, alargó la mano hasta su cuello para asegurar que permanecía ahí.
¿Y a qué más? –susurró.
A regaliz y a tabaco.
Guió la mano libre a través de la espalda hasta depositarla en sus nalgas, ajustando su cuerpo al de él, hasta sentir que apenas podía respirar o moverse sin que formase parte de sí misma.
¿Y a qué más?
Pero no obtuvo más respuesta que gustar su propio sabor en los labios, fundido con el de su amante.
Olvidó en un segundo qué respuesta deseaba oír, o si realmente deseaba una. Mordió sus labios, luchó con su lengua hasta sentir que se disolvía en su boca.
Permitió que las manos que moldeaban su cuerpo dejaran su impronta hasta sentir dolor, ávida de prolongar el contacto, suplicando internamente que la sensación que provocaban no terminara jamás, que su recuerdo quedase tatuado para siempre en su memoria, impresas esas manos en lo más profundo de su alma.

Texto: Ana Joyanes
Narración: La Voz Silenciosa