25 agosto, 2011

El andén número 3


Alguien le había dicho una vez que las estaciones de tren eran como la vida. Tenía la sensación de que las personas acudían a esos lugares para no verse ,esperando el último momento en el que se miran para sospechar lo que ya es un recuerdo e intentar aferrarse a él, siendo demasiado tarde, pues el tren ya partió.
Lugares en los que ya nada permanece, en lo que todo está destinado a perderse como un eco. Donde los sentimientos se unen al girar sin fin de las ruedas del tren, para ser elevados y hundidos mil veces para acabar en algún lejano rincón, sin que nadie acierte a saber si algún día volverán.
Luz paseaba por el andén número 3 evocando los días en los que esperaba a Julián de vuelta de uno de eso largos viajes a los que se veía obligado asistir por motivos laborales.
No podía evitar fijarse en la cantidad de maletas que rodaban, derrengadas, tras los pasos apresurados de sus propietarios. El viejo reloj con sabor a siglos movía lentamente sus oxidadas agujas, invocando vidas que a veces se rompían y otras, simplemente se miraban pasar.
Los chicos del barrio la llamaban "la loca". Cantaban a su paso una
estúpida cancioncilla:
"Abre una ventana
Abre la otra
Toca el timbre y sale la loca
Loca, loca... Luz la loca"
Luz gritaba en medio de cuerda locura:
- ¡Yo no estoy loca, no estoy loca!
El sonido de una voz femenina anunciando la llegada del próximo tren, la devolvió al ajetreo de la estación. ¿Qué estaba haciendo allí? Cerró los ojos en el intento de capturar una retentiva que la ayudara a situarse en el espacio, porque el tiempo ya hacía años que lo había encarcelado entre sus sueños.
-Julián. Estoy aquí por Julián, su tren parará en el andén número 3.
Se situó frente al tren y sus grandes ojos comenzaron a escudriñar a cada una de las almas que bajaban ansiosas o tranquilas, tristes o alegres. Para ella sólo eran diseños. Complementos de los que se podía prescindir. Eran las cosas de la vida que distraen de lo importante.
En pocos segundos el convoy quedó vacío. Consumido, como un largo intestino enfermo que acaba de escupir todo su mal.
Luz seguía allí, parada. Esperando, esperando... Como quien espera el suspiro que le enseñe lo que no aprendió de la vida. Aspirando, espirando. Como quien atrapa el perfume de una flor para lanzar la primavera.
Pero no había nada. El ansiado suspiro hace tiempo que perdió sus armónicos y la primavera hacía siglos que había sido vencida por la reina de las nieves.
Su vida ya sólo consistía en rememorar aquella tarde en el andén número 3 y esa voz que le dijo:
- Volveré el sábado. Espérame en el andén.
Luz emprendió unos pasos malgastados hacia la salida de la estación. Su vista se perdía entre papeles en el suelo y el balanceo de sus zapatos.
"Regresaré mañana - se dijo - regresaré siempre".
Miró atrás y lo vio una vez más. Una figura gris, alta y delgada que alzaba una de sus manos en una no tan segura despedida.

Texto: Esther (Mae)
Narración: La Voz Silenciosa