24 agosto, 2011

Tarde de agosto


—¡Ya está bien con la pelotita de los cojones!
Levantó el puño, cejijunto y congestionado, los pelos del sobaco, ralos y sudorosos, las carnes del brazo, temblonas.
La niña de las braguitas estampadas con estrellas de mar se apresuró a recoger la pelota multicolor, que abrazó con fuerza, deformándola contra su pecho. Se acercó a la orilla riendo y, alzándola sobre su cabeza, la hizo oscilar antes de lanzársela de nuevo a una de sus amiguitas, que la recogió entre chapoteos y risas.
—Pero, hombre, Manolo, que no son más que crías y están en edad de divertirse…
—Y yo estoy de vacaciones, y tengo derecho a
disfrutar de la playa sin que unas mocosas me llenen la toalla y la boca de arena con la pelotita…
—Sí, sí, ya… ya… ya…
La mujer cortó en seco lo que prometía ser una nueva retahíla de quejas.
El hombre se retrepó en la tumbona, recolocó el sombrero de tela y respiró hondo, gruñendo entre dientes. Solo pedía un poco de tranquilidad, tomar el sol y no pensar en nada. ¿Acaso era tan difícil?
—Puto mes de agosto —masculló, lo suficientemente bajo como para que su mujer no lo escuchara, bastante tenía ya con soportar a los veraneantes vocingleros que se hacinaban en la playa como para aguantar un nuevo discurso de Doña Perfecta—, tenía que haberme quedado en casita, con el aire acondicionado.
El sol sobre la cara, el calor que le arrancaba goterones de sudor, el ruido del mar, los chillidos de los chavales al sentir el agua romper contra sus piernas, el olor a coco del aceite bronceador de Matilde.
—¡Perdone, señor!
La voz infantil, recortada por los jadeos, llegó a sus oídos segundos después que el golpe del plástico fofo de la pelota sobre su pie desnudo.
—¡Me ca…!
—¡Manolo!
El hombre se irguió en la tumbona y encaró a su mujer.
—¿Es que no tienen padres que los vigilen?
La serpiente se coló de nuevo en su corazón, retorciéndose, aprisionándolo en su abrazo de ofidio. La misma serpiente que estranguló su vida esa tarde de verano…
—No te hace ningún bien, Manolo —Matilde leía con nitidez en los surcos de su rostro avejentado, contraído por el recuerdo que se asomaba a él, recurrente.
De buena gana habría añadido que los niños no tenían culpa de ser niños ni de estar vivos pero, ¿qué ganaría con remover un poco más su dolor mal digerido? También se le fue a ella. “Pero las mujeres estamos hechas de otra pasta—se dijo, cerrando los ojos, dejando que el calor del sol la reviviera—, sabemos cómo sufrir. Pero él… pobre…”.
—Esos padres tendrían que estar pendientes de sus hijos… —insistió, en voz baja, incapaz de darse por vencido, dejando que drenase un poco de la amargura que se le acumulaba en el pecho como un veneno.
Matilde hizo como que no lo oía. El verano siempre le traía malos recuerdos. Ya habían pasado demasiados años como para suponer que algún día dejaría de sentir el desgarro que partió su vida esa tarde de agosto, cuando el accidente, cuando él se encontraba en otra parte.
Texto: Ana Joyanes
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