22 septiembre, 2011

Angulo de Reposo

De este autor ya había leído En lugar seguro; encuentro entre uno y otro libro bastantes semejanzas. En primer lugar en los títulos: las palabras reposo, seguro,  evocan en mí la misma sensación de búsqueda de refugio. También en los personajes –en ambos libros, uno de los personajes principales es profesor universitario –Sid, en En lugar seguro y Lyman en este; igualmente, los personajes de Charity y Susan tienen mucho en común –aunque si tengo que quedarme con una de ellas, casi prefiero a la primera. También la forma en que describe a las mujeres- Charity, Susan, Ellen –la ex mujer de Lyman- me hizo preguntarme si el autor sería un misógino o había tenido un matrimonio “poco afortunado”
El mismo paralelismo que
existe entre Charity y Susan se da entre Sid, el marido de la primera, y Oliver Ward. Ambos están casados con mujeres que tienes “planes de futuro” para ellos, planes que ellos aceptan por amor pero que están completamente alejados de lo que realmente quieren y les haría felices.  Incluso ambos tienen un cabaña en la que buscan refugio (de nuevo sale esta palabra)
La estructura de la novela también tiene –o así me lo pareció- semejanza con  la anterior (por orden de lectura, que no de escritura).  Mientras que en la primera la historia se organiza en torno a tres momentos del día –amanecer, mediodía y atardecer- ésta lo está en torno a lugares geográficos. También hay saltos temporales,  dese el presente, el verano en que transcurre (teóricamente) la novela al pasado –en que sucedieron los hechos sobre los que el protagonista está investigando.
   Lo dicho en el párrafo anterior me lleva a algo importante y que es necesario para entender el libro: se trata de una novela dentro de una novela. Lyman Ward, jubilado por problemas de salud, decide investigar la historia de sus abuelos y escribir una novela sobre ellos. Pero mientras lleva a cabo esa tarde de alguna forma, se enfrenta a su propio pasado y presente; de alguna forma, investigar sobre sus abuelos le va a ayudar a entender y aceptar la situación que atraviesa.
   Me he dado cuenta de que últimamente leo muchos libros “biográficos”, Cuatro Hermanas, La lluvia antes de caer, En lugar seguro, La tía Marme, El olvido que seremos, .. También este lo es, porque lo que Lyman quiere contarnos es la historia  de sus abuelos que fueron pioneros en el Oeste americano, pero  no unos pioneros al uso, o no lo que nosotros entendemos por tal ya que no hay indios ni vaqueros y  aunque aparecen las minas de oro, no hace hincapié en los buscadores de oro.
  El libro me gustó y mucho. Los motivos fueron de todo tipo; objetivos, por su calidad y originalidad a la hora de presentarnos la historia y por lo bien que funde pasado y presente. Por lo bien elegido que está el título –casi lo primero que hice fue ir a google a buscar que era el ángulo de reposo y estuve todo el libro dándole vueltas a la aplicación que tendría en el libro.  Sabremos lo que significa al final, cuando Lyman también encuentre su  propio “ángulo de reposo”.
  ¿Cuáles fueron los motivos subjetivos? Pues primero que tanto el autor como Lyman son historiadores, lo mismo que yo y eso hace que comparta con ellos mucho de lo que allí dicen:
  (…) Antes de poder decir yo soy, yo era. Heráclito y yo, profetas del fluir, sabemos que ese fluir se compone de partes que se imitan y repiten las unas a las otras Soy o era, también soy acumulativo. Soy todo lo que alguna vez fui, (…)
 Otro comentario de Lyman  me gustó tanto, por lo que tiene de cierto y porque además coincide con algo sobre lo que quiero hablar en Maldito Karma que le dediqué una entrada allí
  Además, la segunda parte: New Almadén, una de las que más me gustó, me hizo pensar en lo semejante que es el mundo de la minería independientemente de donde se lleve a cabo la explotación: Cuencas asturianas, Polonia, Oeste americano o Perú. Pero además, cuando describe a Oliver Ward, por la noche en su cabaña, ocupado trazando planos topográficos o saliendo con el teodolito despertó en mí otros recuerdos:
 Mi padre trabajando en casa, con sus planos topográficos extendidos sobre la mesa del comedor, sujetos por unas pesas recubiertas de cuero –chulísimas-. O el teodolito que viajaba en el coche, con nosotros, casi incluso cuando ibamos a la playa. De vuelta a casa, cada hermano tenía que cargar con algún bulto y siempre había alguno –a quien le correspondiera llevarlo –que tenía que oir  “Cuidado con el teodolito”
No sé si serán razones suficientes para explicar por qué me gustó tanto este libro, pero son las mías.

Se necesita mucha historia para hacer un poco de literatura
Henry James