19 septiembre, 2011

Cansancio y soledad


Llegó desnudo al lecho, después de haber cenado su cansancio, envuelto en ensalada y en tortilla, acaso distraído por el vuelo de un balón indolente y caprichoso. Llegó desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en ensalada y en tortilla, acaso distraída por el llanto de la angustia infantil incomprensible. Y el lecho compartido fue, como cada noche, dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel. Cuando al amanecer, regresen los vigías a la almena, y las pupilas alcen sus portones, él se levantará cansado y triste, a ella la soledad le cubrirá los pasos presurosos, engarzados al tiempo que se fuga. Se cruzarán vestidos, perfumados, pero su paladar no sabrá a beso, sino a café y tostada, y no tendrán caricias como salvoconducto para el día, sino el vuelo indolente de un balón y el llanto indescifrable de la infancia. Durante varias horas, el lugar será trono de olvido, almacén de silencios compartidos. De nuevo él llegará desnudo al lecho después de
haber cenado su cansancio envuelto en un puré y en pescadilla, acaso distraído por la historia de un crimen imposible y farragoso. De nuevo ella entrará desnuda al lecho, después de haber cenado soledad envuelta en un puré y en pescadilla, acaso distraída por el sueño de la infancia feliz e incomprensible. Y como cada noche será el lecho dos murallas de pieles silenciosas tejidas de cansancio y soledad, dos murallas ajenas y enfrentadas, dos murallas dispuestas a olvidar que un día fueron único castillo donde la madrugada era una fiesta de luces y caricias estruendosas, como mil carcajadas en la piel.

Texto: Amando Carabias.
Narración: La Voz Silenciosa