10 septiembre, 2011

Eterno souvenir


Salí de la pirámide de Keops, y volví a encontrarme con aquel misterioso vendedor que continuaba asido a su camello.

Tras el lúgubre velo, que la oscuridad había colocado en mis ojos, pude adivinar su presencia. Había algo de enigma en el contorno de su mirada, como si aquellas líneas de kohol negro separaran dos épocas remotas e irreconciliables. Sumida en una especie de magnetismo, me dirigí hacia su puesto, seducida como una serpiente bien amaestrada. Le ofrecí todo lo que llevaba, unas pocas piastras que iba a llevarme como recuerdo del viaje a Egipto. A cambio me ofreció una esfinge, algo cuarteada pero igualmente impasible. Al llegar al hotel, la coloqué en la maleta, mientras me reprochaba su compra y decidía que, dada su condición de tullida, tendría que quedármela para mí y colocarla en
la estantería de artilugios desencantados.

Ya en casa, deshice la maleta y la saqué de su envoltorio, no sin cierto desagrado. La coloqué en el lugar menos visible de la estantería, y traté de olvidarme de ella, de sus grietas, de su halo de eterna déspota, de su altivez mutilada. Pero no lo conseguí. Día tras día y por más que barriera y barriera, mis pies iban dejando un reguero de huellas en la arena del salón de mi casa.

Texto: Ángeles Sánchez Portero
Narración: La Voz Silenciosa