13 septiembre, 2011

Normal


Se puso la ropa y salió a la calle, era un día más, como cualquier otro; primavera soleada. Fue en dirección a la estación de subte; llegaría al banco un poco más tarde que de costumbre.
El calor y la humedad que despide esa gran boca con escaleras como dientes, le hacen transpirar el cuello. Saca su tarjeta, la pasa por el molinete, desciende un poco más a los infiernos; se sienta y espera, cruzado de piernas, en el andén.
Al detenerse el coche rojo, pintado un poco con aerosol, él se levanta e ingresa, toma asiento en un pequeño lugar que hay entre dos personas de grandes cuerpos.
En la estación Pueyrredón sube mucha gente, más que
en otras ocasiones, se le paran enfrente una pareja, él casi tiene el miembro del hombre en su boca, se toca el cuello como buscando hacer lugar entre este y la camisa. Comienza un desfile de vendedores, uno detrás de otro. Se acomoda el pantalón del traje, tan alineado, tan marcado que hace juego con el saco entallado, fino, que es acorde con su barba prolijamente cortada, con su pelo corto y engominado, digno aspecto de un tipo normal.
Compra un paquete de pastillas de mentol (nadie sabe si lo hace por gusto o lástima), compra pañuelos descartables, cinta métrica y la pelotita con luces de colores, llega el momento de las tijeras de marca Mondial, los cuchillos chinos que cortan cualquier cosa, todo pasa, pasa de todo.
En el noticiero matutino, algunos testigos aseguran que la masacre comenzó alrededor de las nueve y veinte de la mañana, que nadie pudo hacer nada, que los ojos desorbitados del atacante eran demoníacos. El cuerpo o lo que quedaba de él estaba en partes en las vías; y de un pedazo de tela azul, con líneas celeste claro, colgaba un plástico con una foto y un nombre junto a un coagulo espeso de sangre donde se podía leer «Jo...» y un apellido que comenzaba «Ma...», debajo, el título prestigioso de «Gerente General».
Texto: Gastón Pigliapochi
Narración: La Voz Silienciosa