22 octubre, 2011

Algo perdido


Ayer, mientras llovía, encontré un papel doblado dentro de un libro que no recordaba haber leído. Al abrir sus tapas, me detuve –sorprendida– en la dedicatoria y entonces todo cobró sentido: aquel trozo de ayer, resumido en una hoja de papel de un amarillo viejo, había sobrevivido entre las páginas de aquel poemario de autor desconocido que descubrimos juntos la tarde en que dejamos constancia en la piel de que estábamos enamorados para siempre y que, poco después, me regalaste. Sí, aquel hermoso poemario que había dado por perdido. De tal forma estuvo extraviado en el pasado, que se me habían olvidado por completo: tarde, libro, poemas y dedicatoria. Tuve trazas de miedo, expectación y alivio, mezcladas con esa amalgama de deseo contenido que hacía tiempo no me visitaba. Alargué el tiempo cuanto pude, atrasé lo que aquella combinación extraña de sentimientos me permitió. Retuve el momento de desdoblar aquel pretérito papel para colocarlo, en toda su extensión, sobre el presente. Busqué el momento propicio; tú ya habías marchado a la oficina, con prisas, como siempre. Los niños ya no lo son y
estaban instalados en las horas de su propia vida. Acomodé mi interés sobre el sillón, ese territorio tuyo donde yo no tengo cabida cuando, todos los días, nadas en el periódico. Al leer, sin premura, lo que el tiempo y tú habían dejado escrito en él, un amago de lágrima se avino a mi mirada. Es por eso que te he escrito esta carta. Pienso dejarla doblada entre las páginas del periódico del día, que colocaré sobre el territorio del que, sólo tú, eres dueño; ya sabes, el sillón orejero. Lo hago con la ilusión de que me encuentres y de que, al hacerlo, te haga tan feliz como a mí, recordar de donde venimos.

Texto: Isabel Expósito Morales
Narración: La Voz Silenciosa